El primer gran escándalo de Charly, en el testimonio de su baterista Fernando Samalea. Un adelanto exlusivo de su libro "Qué es un long play", donde le dedica un capítulo a ese insólito episodio.
La gira de Parte de la religión parecía ir sobre rieles y el próximo paso sería el Estadio Pacífico, de Mendoza. Para aprovechar la gran demanda de entradas, a los ambiciosos organizadores no se les ocurrió mejor idea que programar dos funciones en una misma jornada. La del 8 de agosto de 1987. (...)
Ya en pleno vuelo, García cambió el tradicional desayuno por dos o tres whiskies dobles y, al ser increpado con prepotencia por otro pasajero —al parecer, dedicado a la política—, volcó todo el contenido de uno de ellos en su cara, hielos incluidos. Las azafatas y el comandante de a bordo intentaron calmar al pasaje, pero sus palabras cibernéticas por los altoparlantes parecieron generar más incertidumbre.
Los rumores decían que García, en el momento de su ingreso al Plaza, había tenido serias diferencias verbales con la directora del periódico local Los Andes, también alojada en el hotel (...). Todo derivó en una orden precisa desde la gerencia: todos los huéspedes de la comitiva y nuestra estrella de rock, a la calle. ¡Declarados personas no gratas en la provincia!
Cerca del mediodía pudieron ubicar clandestinamente a Charly en un hotelucho céntrico de poca monta, de solo tres estrellas, a la espera de las actuaciones. El resto debía acomodarse en el bus de gira, en el cual habían viajado los técnicos del staff, o en los camarines del estadio. Una buena dosis de Valium logró hacer dormir a la estrella como un lirón por un rato, luego de amotinarse en la habitación y de varios lanzamientos de objetos contra el televisor y el botiquín del baño. (...)
Teléfonos y handies no dejaban de sonar. Charly pidió su traje, nos miró al Zorri y a mí, y agregó, solemne: “Quédense tranquilos, chicos. Ahora vamos, subo, digo ‘¡Mendoza, los amo!’ y se arregla todo”.
Tales sus predicciones, conocedor como nadie de las técnicas psicológicas de la persuasión popular, logramos dar un calmo primer show y el público se fue implorando bises, mientras regresábamos a camarines, transpirados como deportistas, y los asistentes cambiaban pilas y baterías de nueve volts en efectos y guitarras. “Je, je, no te imaginabas que iba a salir bien”, le dijo Charly a la corista Gabriela Aisenson, cuyo rostro se asemejaba al de quien observa a un vampiro salir de su ataúd. (...)