martes, junio 09, 2026

Lo que vendrá

Hugo Soto & Charly García. Ph: Cristina Fraire

El 31 de marzo se estrena "Lo que vendrá", la película de Gustavo Mosquera que lo tiene como actor, y cuya partitura, ejem, también le pertenece. en ella, García es el enfermero. pero, como cuadra a este clown, nada en el es lo que parece: su enfermero no solo no “sana” a nadie, sino que, mas bien, desata la masacre. Con "Lo que vendrá", García comienza a concretar su sueño de colarse en el evanescente mundo del cine. Ya es mas que el musico. Es el icono, una imagen que tiene vida propia sobre la pantalla. Nunca mejor dicho: quien toca a este hombre, toca a una película.

Charly García. Ph: Cristina Fraire

SECUENCIA UNO: La iniciación

Helo ahí, a nuestro héroe, un niño de exterior frágil, pecoso, larguirucho, cuya vida familiar se asemeja “a una de esas películas de Mirtha Legrand: casa enorme, mucamas, escaleras que suben y bajan, el piano en el corazón del living”.

El niño, un atado de virginidades al pie del cadalso, es arrastrado al cinematógrafo. Repara en todo, y todo es un placer: la golosina previa, el ubicarse cerca de la pantalla, el noticiero, la butaca fresca, el instante supremo en que las luces se van y el film desnuda los colores.

Pero la película, que se supone debe ser para él, para el héroe, una fuente inconmensurable de delicias, se llama Lilí, y muestra cómo Leslie Caron se enamora de unas marionetas o del titiritero cojo que las anima: no se sabe bien.

El daño está hecho. Por su comportamiento, el niño recibe el premio de una manzana bañada en caramelo.

El premio, en verdad, es otro.
El niño sufre miles de pesadillas, pobladas de marionetas rengas y titiriteros con sonrisa de madera.

El tema principal de Lilí es, casi, lo primero que aprende a tocar en la guitarra.

El cine lo ha herido. Definitivamente. Nunca, nada, nadie volverá a ser igual. 

 

SECUENCIA DOS: La saga familiar

Quizás por eso, cuando menciona que su padre lo perdió todo, el dinero, la casa, el status, la referencia inexorable sea una. Visconti. Esos frescos cinematográficos sobre la decadencia de “grandes” familias.

Se peregrina, pues, a una casa más modesta.
Lo cual no obsta para que “la familia finalmente se desintegre”.

Esos son los términos que emplea García. No mi familia, sino la familia. Recurre a la palabra desintegración, a una frase hecha. El lenguaje como mediatización, un cojín que pone distancia entre la conciencia y el elemento —aún hoy— doloroso.

La señora de García, a quien se intuye monumental, homérica, una suerte de María Callas, impulsa al artista que cree ver en su hijo, que es, también, como se habrá podido advertir, nuestro héroe.

“Es un genio. Mi hijo es un genio”, dice por allí, ante quien quiera oírla.

Productora de televisión, amarrada a programas de tango y folklore, la señora de García recibe en su hogar a Mercedes Sosa, a Juan Falú, a docenas de músicos con sus instrumentos sobre el hombro, como cruces, siempre proclives a las zapadas.

Es Falú, precisamente, quien descubre que el niño García tiene oído absoluto. Lo hace poner de espaldas y toca una nota en el piano: Carlitos, que así se llama el primogénito de los García, la reconoce, como si ese fa hubiera cometido un crimen a menos de un metro de su cara.

“Es un genio. Mi hijo es un genio”, dice ella. No iba a dejar pasar la oportunidad.

Esta versión levemente degenerada de un film de Lolita Torres se convierte, con el correr de los años, en Búsqueda insaciable. García asimila su vida de entonces a esa película, en que la niña se fuga de casa y los padres se unen con otros padres de hijos drogadictos y les explican qué es un joint y terminan todos fumados jugando al strip poker semidesnudos diciendo boludeces arriba de una mesa con paño verde justo cuando la niña regresa a casa.

Después, todo se encarrila como en Hannah y sus hermanas. Que debería retitularse, como nuestro héroe se molesta en apuntar, Charly y sus hermanos.

Mientras hablamos, la TV está encendida. Una hora de dibujitos animados de la Warner Bros.

Es cierto. Es cierto. Es cierto. He visto un lindo gatito.

Fuma Marlboro, tiene un rostro moteado por las pecas y el bigote en blanco y negro. 

 

SECUANCIA TRES: El gag 

Se le pregunta a qué película se pareció su matrimonio con María Rosa Yorio.

Lo piensa.
Responde que se pareció a Robó, huyó y lo pescaron.
Se pasa a otra pregunta. 

 

SECUENCIA CUATRO: El hijo 

Miguel García, único vástago de nuestro héroe, asiste a la fecha final de presentación de Parte de la religión, en el Gran Rex. Fila dos, al medio. Permanece de pie sobre su asiento, tieso como una estaca, mirando a García, a Charly, sin siquiera pestañear. Es la mirada del teniente Willard (Martin Sheen) para con el coronel Kurtz (Marlon Brando), en Apocalypse Now.

“Sí, me di cuenta. A veces lo observaba, pero no podía sostener la vista durante mucho tiempo: era muy fuerte”, confiesa nuestro héroe.

Dice, además, que Miguelito es un salvaje.
Que se entienden.
Que a menudo lo defiende de los caza-autógrafos, increpándolos: “¿Qué les pasa?”, dice el crío, “¿Nunca vieron a una estrella?”.
Que en el colegio no saben que Miguel es hijo de Charly García.
Willard tampoco sabía que era hijo de Kurtz. 

 

Ph: Cristina Fraire

SECUENCIA CINCO: La casa del placer

Desde aquella experiencia inicial con Lilí, nuestro héroe ha conservado e incrementado su fascinación por el cine.

Que trasciende, sí, a la película en sí misma. El ritual: eso es lo que importa.

A García le gusta llegar temprano, acomodarse a piacere cerca de la pantalla, contener la respiración cuando la sala queda a oscuras. Ya no puede hacerlo seguido aquí, pero sí en Brasil, donde se agencia además un ineludible paquete de popcorn, o pochoclo.

“Me da placer”, alega.
Lo trabaja la magnificencia del cine. Esa sensación bigger than life, de que uno es testigo de algo más grande que la vida misma. Se recuerda viendo, adolescente, 2001: Odisea del Espacio, “en cinerama y con ocho bandas de sonido estereofónico”. Dice que cuando mezcla sus discos trata de hacerlo en “un plano medio estirado, como si fuera en cinemascope”.

En algún momento, de muchacho, en esa franja de la juventud en que la superabundancia de espermatozoides lo lleva a uno a tomarse todo en serio, García frecuentó el cine Arte, la Cinemateca y cuanto antro exhibiera films de qualité: Bergman, Fellini, Buñuel. Vio Rey por inconveniencia más de veinte veces. Encaraba el trabajo, incluso, de rever las películas prestando atención a otras zonas de la pantalla, los laterales, los planos medios y lejanos, el background, la manipulación del color.

Sobre ese colchón de cultura cinematográfica descansan los puntos de contacto más obvio del García-creador con el Séptimo Arte (¿Sello?): temas como Tribulaciones, lamento y ocaso de un tonto rey imaginario, o no, la perspectiva toda de Instituciones, álbumes como Películas, canciones serugiranescas al estilo de Perro andaluz y Cinéma verité.

Se me hace, sin embargo, que no es en esa aproximación consciente donde yacen los lazos más profundos entre nuestro héroe y el cine.

Un subtexto Hollywood, más bien. Le gusta la magnificencia del cine: ¿dónde, sino en Hollywood?
García nunca quiso convertirse en el Buñuel del rock and roll.

Dirán que tampoco quiso convertirse en Frank Sinatra. Es cierto. Esa Hollywood ambulante que es García, que es su música, que es su personaje, no es la Hollywood de la inocencia, sino una levemente pasada de rosca: donde todo es un poquitín demasiado intenso, hasta los colores, que, como con la fruta, brillan más cuando su corazón ha comenzado a pudrirse.

García es Hollywood luego de la fermentación.
Todas las madrugadas, cuando los que estaban ya se han ido, o permanecen desmayados por los efluvios de su propia borrachera, y la música suena horrible, y los riñones entran en coma, Marilyn siente la tentación de tomar, otra vez, demasiadas pastillas.

Fin de la primera parte.
Intermedio.
Fin del intermedio.
Segunda parte. 

 

SECUENCIA SEIS: Los modelos

Nuestro héroe quería ser como el Capitán Nemo, a quien había conocido en el cine. O como el personaje interpretado por Vincent Price en un film basado sobre una historia de Julio Verne, cuyo nombre el pasado retiene y no deja escapar, que armaba un enorme globo y desde allí bombardeaba todos los barcos de guerra que hallaba a su paso, un método asaz violento de dar fin a los arrestos belicistas del mundo.

O El Fantasma de la Ópera.
“Me hacía máscaras, con cera, con plastilina. Me ponía una capa, tomaba dos velas y me sentaba al piano. Me acuerdo...”

O El Fantasma de Canterville.
“No sé por qué no han hecho una película con esa historia. Es fantástica.”

Todos esos personajes, Nemo, el de Vincent Price, los Fantasmas, viven apartados del mundo. Se sienten distantes. Distintos. Visten disfraces, ortodoxos o no: la mascarada que adoptan es precisamente la imagen de lo que querrían ser.

“Me encantan los disfraces. A veces jugaba solo, agenciándome ropajes ajenos. Otras inventaba obras de teatro con mis amigos. Teníamos una casa-quinta en Paso del Rey, donde había un pinar que formaba una especie de túnel, y ése era el escenario. Pero nunca me copaba el papel del héroe. Siempre abrazaba los papeles retorcidos, Fantasmas de la Ópera, Fantasmas de Canterville.”

Si Frank Sinatra sufriera un accidente y su carne fuera pasto de las llamas, se convertiría en el Fantasma del Madison Square Garden. Eso sí: jamás volvería a cantar Te llevo bajo mi piel.

 

SECUENCIA SIETE: El único divo del rock nacional

“¿Quién, yo?”.
Sí, vos.
“Eso se lo debo a Renata Schussheim.” 

 

SECUENCIA OCHO: El único divo del rock nacional (Conclusión)

García tiene una madre que lo trata de genio y un hijo que lo reivindica como estrella. Ha paseado en Cadillac rosa (eso se lo debe a Renata Schussheim). Se ha pintado la cara. Ha jugado al misterioso. Exuda un tufillo hey-New-York-soy-uno-de-los-tuyos. Durante mucho tiempo, ha sido el centro de una claque que lo seguía a todas partes, celebrando descomunalmente sus bromas, sus silencios y hasta sus desplantes.

Si García se tira un pedo, piensan los cortesanos, hay que recogerlo en un frasquito. Es como envasar al Espíritu Santo.

Nuestro héroe mira al cronista con aire huraño: no sabe adónde quiere llegar.

Finalmente, concede que “en una época era un poco así, pero también hice una especie de limpieza, porque no es bueno eso, no es bueno eso, o sea”.

Deslinda una etapa “farandulera” de otra de ermitaño, que, según dice, tuvo hace algún tiempo.

“En la época de los quilombos de Mendoza, de Córdoba, sentí un poco esa presión. Había gente que pensaba que ir de gira con García era como ir a Disneylandia: todo el mundo re-zarpado, borracho, con minas. El único que no se divertía era yo. Estoy un poco cansado de eso, sabés.”

Pero si García es el solo divo del rock nacional no se debe, exclusivamente, a que sus giras sean La Loca Caravana del R&R, o a que la gente recoja sus pestañas para levantar sobre ellas, a su muerte, un Altar de la Patria.

Hay, en el origen de esa condición, un acto de voluntad por parte de García. Dicho en castellano: a nuestro héroe le encanta ser un divo.

Por otra parte, sabe que Charly García, y no Carlos Alberto García Moreno, es una máscara. Un personaje de ficción. Un disfraz, al que se halla habituado.

“Creo que tengo la capacidad de desdoblarme. Provoco primero un escándalo, y luego me muestro de modo totalmente diferente. Desconcierto. Me gusta, eso: desconcertar.”

Aunque la gente no le grite divo por la calle.
“Idolo, me dicen. La única que me llama divo es Divina Gloria.”

 

SECUENCIA NUEVE: Los miedos

Dice temer a los teléfonos. A las arañas.
Dice compartir la pesadilla de todos los artistas: bloquearse, y que ya no le salga nada nuevo. Como le pasó antes de Clics modernos. Como le pasó antes de Parte de la religión.

“Son períodos de aridez, de desierto, y de repente pinta algo y todo sale de un tirón.”

PREGUNTA: ¿Miedo a vender 20 discos?
RESPUESTA: Si el disco es bueno, no importa. Me encantaría hacer un álbum del que se vendan 20 ejemplares pero que sea una revolución. Fantaseo con la posibilidad de hacer algo totalmente anti-comercial.

RESPUESTA (DEL CRONISTA): Pero nunca te decidís.
PREGUNTA (DEL ENTREVISTADO): ¿Eh?
RESPUESTA (DEL CRONISTA): Que nunca te decidís.
RESPUESTA: Hay circunstancias, como la de la banda de sonido de Lo que vendrá, que me permiten experimentar un poco. Pero si querés tener una banda, hay que hacer música... De todos modos, toco lo que a mí me gusta, no es que estudie Stravinsky todo el día y después componga canciones pop-rock. Me gustaría hacer un disco como La la la, en alguna grabadora independiente. Por ahí sale algo con Fito.

PREGUNTA: ¿Miedo al pasar de los años, García, a que te traten de viejo choto?
RESPUESTA: Hasta ahora nadie me lo dijo. O me lo dicen mis enemigos.
RESPUESTA (DEL CRONISTA): Tenés cara de respuesta afirmativa.
PREGUNTA (DEL ENTREVISTADO): ¿Eh?
RESPUESTA (DEL CRONISTA): Que tenés cara de un sí enorme. De temer a la vejez.
RESPUESTA (DEL ENTREVISTADO): Algunos me acusan de viejo. Es un recurso fascista. Si uno tirara la chancleta, reuniera a Sui Generis y se dedicara a vivir de los recuerdos, todavía. Pero está la salida de Mick Jagger, que a los 46 años irrumpe en el escenario y revienta todo, sensual, espléndido. Si no optás por ésa, la única que te queda es la historia argentina de siempre: a los 25 te ponés la corbatita, manejás el taxi y se acabó todo.

PREGUNTA: ¿Miedo a tirar a tu mujer por el balcón?
RESPUESTA: No, jamás. No. No. Cuando me agarra algún tipo de crisis rompo cosas, una TV, lo que sea, pero jamás golpeo a alguien, y menos a una mujer, me parece de última, me parece de última. Llegar a esos estados es tremendo, es tremendo.

PREGUNTA: ¿Miedo a que se descontrole totalmente tu descontrol controlado?
RESPUESTA: No, cada vez que me pasa aprendo algo. Cuando explotaron esos escándalos, perdí la perspectiva de que lo que más me importa es la música, y, consecuentemente, la gente perdió perspectiva respecto de mí. Entonces ya no es lindo ser popular. Lo de Veira, Monzón, son cosas terribles. Por suerte no me pasaron a mí.

PREGUNTA: ¿Miedo a convertirte en un gordo patético, a caerte como La Rosa arriba del escenario?
RESPUESTA: Eso no está tan mal. Lo que pasa es que implica morirse, y ésa es una idea que todavía no se me ha cruzado por la cabeza.

Bugs Bunny mordisquea una zanahoria, mira a García, escéptico, por sobre mi hombro, y dice:
“Eeeh... ¿Qué hay de nuevo, viejo?”.

 

SECUENCIA DIEZ: El soliloquio

“Lo que pasa es que cuando tenés esos miedos es preciso convertirlos en otra cosa, tenés que buscar, no sé, cambiar. Es jorobado cambiar. Pero digamos, qué se yo, estoy haciendo todo el esfuerzo posible como para no ser eso, no ser La Rosa, no ser un gordo patético que se derrumba sobre el escenario. Aunque es una tentación muy fuerte. Muy real. Cuando tuviste 20 años y todo te iba bien y la vida era maravillosa, y de repente pasás los 30, ¿no?, y te fumás un joint y ya no salen rosas multicolores, hay una especie de desencantamiento. Eso te lleva a la vida dura. Yo pasé por ésa: no es mi proyecto. Ahora pretendo cierto orden en mi vida, como para buscar otra vez ese deslumbramiento. Es esa salida, o quemarse, directamente. No hay nada entre esos dos extremos. La decadencia más-o-menos no me sirve.”

Esta escena fue eliminada del montaje definitivo del film. El director adujo que “explicaba demasiado”, y que a García “sólo podía explicárselo en acción”. El corte, un par de metros de celuloide, yace en una urna de hojalata, junto a otros sobrantes. 

 

SECUENCIA ONCE: Los proyectos

Alguna vez, en triunvirato constituido con Luis Alberto Spinetta y Fito Páez, nuestro héroe soñó con rodar una película “sobre unos rockeritos que vienen de Mercedes a la Capital, lo que nos permitiría mostrar toda la parte densa del asunto, hasta ahora intocada por el cine argentino, que cada vez que hace películas de rock es sumamente...”

Teléfono. Detalles a ultimar sobre un festival en Uruguay, del que García & Banda forman parte.

Adivine, pues, cuál fue el adjetivo que García dejó colgando.
Tres opciones: A) Blando; B) Pelotudo; C) Forro.
Envíe su respuesta a CAIN, y gánese un encuentro íntimo con García (por teléfono).

Se le pregunta a qué alude cuando dice “parte densa del rock”.
Las persecuciones, dice. La incomprensión. Los delirios de cada uno. Las drogas. Los quilombos con los productores. Los firestones. La época de La Pesada.

García aporta algunas perlas de su anecdotario:
Cierta vez, en los comienzos de Sui Generis, dio una prueba en una grabadora, ante un ejecutivo entusiasta. Se habla de contrato. Recibe felicitaciones por parte de todo el personal. Al otro día, cuando García & Mestre retornan a ultimar detalles, mencionan en la puerta el nombre del ejecutivo y les dicen que no, que imposible, que debe haber un error, porque en la grabadora no hay nadie con ese apellido.

Otro iluminado les ofreció un trato con un sello rarísimo, para grabar Teo, la ópera de Sui Generis. El contrato a firmar garantizaba la salida del álbum en Japón y Australia, pero no en la Argentina.

Entre las cláusulas de un contrato Equis, figuraba, como obligación para los Sui, la de mantener limpias las oficinas de la grabadora. 

 

SECUENCIA DOCE: Peperina

Iba a ser una película, ese álbum. Peperina, de Serú Girán. García escribió un guión junto a Alejandra Mentasti, “cuadrito por cuadrito, 100.000 páginas, todos los temas”. Lo llevaron a varias distribuidoras. Fracaso. Les decían: “¿Por qué no llamás a León Gieco, y hacen una especie de Woodstock?”.

Una herida. Después de eso, nuestro héroe no quiso aproximarse más a la industria cinematográfica local.
De aquel guión, debe obrar una copia en manos de la Mentasti.
Anotar: los arqueólogos del rock, de parabienes. 

 

SECUENCIA TRECE: Los proyectos (Conclusión)

Bueno, sí, claro, la idea de dirigir un film ha anidado largo tiempo en su mollera. A la luz de su experiencia con Peperina, empero, cree saber que lo fundamental, en este país, es formar una empresa y obtener el dinero para financiar el film: un objetivo virtualmente inconquistable, al lado del cual, escribir el guión y dirigirlo es cosa sencilla.
Dice aguardar ideas geniales al respecto.

Mientras tanto, le basta con armar mini-films sonoros como Adela en el carrousell, que, explica, “surgió como un sueño”.
Garabateo en mi anotador: “Libre asociación cine-sueño”.
Enciendo una pipa. 

Como Los Tres Chiflados, pero bien de acá: Soto, Mosquera & García. Ph: Cristina Fraire

 

SECUENCIA CATORCE: Le dernier cri

Le ha fascinado, en los últimos tiempos, el film Down by Law, del norteamericano Jim Jarmusch.
El charme del blanco y negro.

Tres marginales, interpretados por Tom Waits, Roberto Benigni y John Lurie, el saxofonista de los Lounge Lizards, traban contacto en el estrecho marco de una celda común. Se aman/odian. Escapan juntos, a través de los pantanos.
Como Moe, Larry y Curly, pero luego de haber inhumado a la inocencia.

Se le dice que difícilmente se estrene en la Argentina.
Responde que no le extraña. 

 

SECUENCIA QUINCE: Como vino Lo que vendrá

Dio miles de vueltas antes de aceptar la propuesta de Gustavo Mosquera, para sumarse como uno de los protagonistas de Lo que vendrá, una película, entre thriller y ciencia ficción, que lo coloca en el ojo del huracán.

Allí, en el eterno presente del film, nuestro héroe es El Enfermero.
Nadie sino él recibe el cuerpo comatoso de Hugo Soto, herido por una bala perdida en la cabeza, al comienzo del film: casi un vegetal.

El rol del Enfermero es acercar la pala de mierda al ventilador.
Es un entrometido. Se place en desatar el drama, gratuitamente.
Porque sí.

“Dudaba de mi capacidad de actuar. Odio, además, a las modelos que la van de artistas. Dije que sí: me pudieron. La primera parte de la filmación fue un horror. Pensaba que todos trataban de hacerme la vida imposible. Pero entonces me di cuenta de que no, que no era una cosa personal, que se trataba del garrón y la tensión propia de cada rodaje. A partir de entonces me enganché: comencé a hacerlo con placer.” 

 

SECUENCIA DIECISEIS: La cámara en el lugar equivocado

Nuestro héroe llega a la toma final de Lo que vendrá en un estado semicatatónico. Sin comer. Bebido. La emprende, entonces, contra alguien del equipo de producción a quien “no se banca”.
Ese tipo mira a García. García le devuelve la mirada.

Nuestro héroe iza el dedo índice, y grita, como para que nadie pueda dejar de oírlo: “Vos sos un hijo de puta”.
Obtiene una risa histérica como única respuesta.
García empuña una botella de whisky y la hace añicos.

“Tendrían que haberme filmado en ese momento. Hubiera sido fuertísimo”, dice.

De tanto en tanto, nuestro héroe cree advertir una cámara invisible registrando sus actos, para luego componer con ellos una vasta película, del tamaño de su vida.
Hay veces, sin embargo, en que llega a la conclusión de que la cámara no existe.
Qué pérdida para la humanidad, piensa entonces. 

 

ECUENCIA DIECISIETE: La cámara en el lugar correcto

Buenos Aires. La Ciudad. Ese es el lugar.
Lo que vendrá atina a representar el futuro, a insinuar el pasado, sin decorado alguno. Le basta con escoger codos de Buenos Aires, desolados, terminales, piedra sobre piedra.

“New York es mucho más real que esto”, dice García.
Tiene razón. Buenos Aires no es real.

Aquí se podría filmar Danton. Stalker. Cantando bajo la lluvia. Los diez mandamientos. Mi bella dama. Y todo sin necesidad de estudios, en escenarios perfectamente (anti)naturales. Buscad en mis calles, predica Buenos Aires, y se os dará.

Buenos Aires es el Lugar Cinematográfico por excelencia.
Por eso vuelve, García. De Río. De New York. Siempre. 

 

SECUENCIA DIECIOCHO: Onírica

De niño, nuestro héroe soñaba con brujas, titiriteros rengos, freaks.
Durante algunos años alimentó esta pesadilla recurrente: la luna se desplomaba sobre el mar, y el agua lo lavaba todo.

“En otra época soñaba que vivía en Israel, en una casita linda que daba al sol. Todo el mundo sufría la lepra. Yo era el único que no estaba contaminado. Una mañana abro la ventana, y veo a dos viejas leprosas, del otro lado de la calle, observándome. Descubren entonces que estoy sano. La última imagen del sueño concierne a las viejas, cruzando la calle para llegarse hasta mi casa.”

García, tumbado sobre su cama, manotea un Marlboro. En la TV, Pepe Le Pew persigue arrobado a la gata negra, convencido de que es una zorrilla.

Dice, nuestro héroe, que esta entrevista se parece demasiado a una sesión de análisis. Que cree haberme visto en otra parte.

Respondo que el psicoanálisis se basa en entrevistas periodísticas con el inconsciente. Que por supuesto me ha visto en otra parte: soy el holograma de Montgomery Clift, tal como lucía interpretando al viejo Sigmund en Freud, dirigido por John Huston.

Se ríe. Le parece gracioso estar siendo interpelado por tres muertos.

Digo que quienes logran hacerse un lugar en la pantalla cinematográfica no mueren jamás: el proyector sigue reciclando sus imágenes, por los siglos de los siglos.

Sigmund, John y yo le damos la bienvenida al territorio de los Inmortales.
Juntos, los cuatro, jugamos una partida de strip poker. 

 

SECUENCIA DIECINUEVE: Final abierto

 

Hugo Soto. Ph: Cristina Fraire

¿Actor, yo?

Apenas empieza "Lo que vendrá", la pelicula de Gustavo Mosquera que protagoniza junto a Charly García y Juan Leyrado, le pegan un tiro en la cabeza. pero resiste, el muchacho: resiste.

Uf. Qué suerte. Hugo Soto, puedo asegurarlo, no es Rantés.

No es su personaje de Hombre mirando al sudeste, ceñudo, convencido de estar sirviendo a una causa trascendente.

No es ese marcianito cristiforme, pagado de sí mismo, que busca la redención a través de su propia Pasión y Muerte.

Niet, niet. Más bien, Hugo Soto es un pícaro de comedia shakespeareana, un saltimbanqui encantador, pequeñito, de carnes magras y sonrisa fácil, todo lo cínico que un romántico puede aspirar a ser para afirmar que “No trabajé nunca. En serio. Creo que nunca trabajé, así, en el sentido más convencional del término. Aún hoy sigo sin trabajar”.

Dice que, de querubín, alcanzó a vivir la última etapa floreciente de Plaza Francia, donde vendía artesanías y objetos inútiles. Que luego, hasta hoy, pintó. Que construyó máquinas simples, de mecanismos aptos para procesar... nada. Que diseñó escenografías, la más reciente a punto de estrenarse en el Teatro Cervantes.

Pero escuchame, Hugo, en fin, tu calibre como actor...
¿Actor? ¿Actor?
“Siempre estuve en rebeldía contra eso de ser actor. Claro que me tragué todo el estudio, leía Stanislavsky al revés y al derecho, pasaba horas en el viejo cine Lorraine, interpretaba La Hoja Al Viento, cursaba Capa Uno y Dos en el Teatro San Martín, memorizaba los clásicos. Pero había algo, en eso de la 'profesionalidad' del actor, que no me convencía.”

Por eso Hugo Soto, 35, porteño de Villa Crespo, ¿actor?, desvencijado sobre el sofá de su desnudo apartamento de la calle Juncal, como quien evidencia un nada desdeñable kilometraje psicoanalítico en su haber, dice que, ay: “Siempre me gustó hacer lo contrario a lo que hacían mis colegas. Jamás me rompí buscando trabajo en los canales de TV. Jamás celebré porque me llamaran del Once para hacer de comparsa en una telenovela. Odio la TV: no se puede crear nada cuando hay apenas tres puntos de vista”.

El señor Hugo Soto se refiere a los puntos de tres colores sobre los que está compuesta la imagen televisiva. O al menos eso creo.

“Es una rebeldía que recién puedo explotar a fondo ahora. Antes no, en buena medida tenía que tragármela. Me enfermaba, caía en cama. Claro, entonces no era un soto.”

Ahora sí. Ahora es un Soto.

Acto seguido, el tramo polémico de esta interview.

“Los actores argentinos son todos una basura”, confesó Hugo Soto, el popular intérprete de Hombre mirando al sudeste, al mensuario Cain. Lo que también puede ser reproducido de esta manera:

“LOS ACTORES ARGENTINOS SON TODOS UNA BASURA. Se la creen. Yo no me lo permito. Sé que soy un tarado, que lo que hago vale no por sí mismo, sino en tanto está asociado a docenas de personas que también se rompen el alma por el proyecto común, y que hago apenas lo que puedo. Si mi hipocresía es menor, se debe a que tengo conciencia de ello”.

Hugo Soto dice estar, ya, corrompido. Que se fija en sus compañeros de elenco. Que se fija en qué hotel va a hospedarse. Que se fija en su cachet —oiga, a quién no le gusta el dinero—.

“Los actores realmente jóvenes van a Cemento y pelan como pueden, como viene. Yo ya no soy joven. Prefiero no ser un joven viejo.”

Los personajes a los que Hugo Soto suele prestar su máscara —Rantés, o el inocente baleado de Lo que vendrá, el film de Gustavo Mosquera— se basan menos en su discurso que en una cuestión física, postural, de repertorio gestual mínimo.

“Debe tener algo que ver con mi manía por la plástica. Con la sensualidad depositada en la cámara, a la que no hay que mirar pero sí seducir. Por otra parte, creo que es imposible componer un personaje, realmente. Lo que vale es el intento del actor por llegar a ser otro, un otro en el que, de veras, jamás va a convertirse. Yo agregaría que ese intento es ridículo, como un circo, donde se humaniza a las fieras y los hombres se piensan a sí mismos como dioses.”

Está empezando a sonar como un hombre serio, Hugo Soto. Como un pensador de la cultura. Pero no.

“La gente me pregunta cómo armaba a Rantés. Qué se yo. Entre Viaje a las estrellas y Stalker: la zona. Llegaba temprano al Borda y me ponía a mirar al sudeste. Los técnicos me gastaban, yo los jodía a ellos. Conozco a varios directores teatrales que hubieran dicho: 'Hay que pensar que Rantés es bueno, que es una figura mesiánica', y cantidad de pavadas por el estilo. No creo que la cosa pase por ahí, por el cerebro, por autoconvencerte, por comprender al personaje. Yo pensaba que todos eran unos boludos. Llegaba Lorenzo (Quinteros, el otro protagonista del film) y ni lo saludaba: eso creaba cierta distancia, cierta química que la cámara podía leer positivamente.”

Fuma rubios. No tiene cama: apenas un colchón sobre el piso. Aguarda el inicio de Astros y estrellas, por Canal Dos, donde Lucho Avilés va a vertir veneno sobre el proyecto Cabaret, la comedia musical en la que Soto ensaya como uno de los protagonistas. Luego vendrá el estreno de Lo que vendrá, la nueva película de Eliseo Subiela, quizás un film junto a Taco Larreta (“Sería un escritor, de anteojos, que no hace ni dice nada. Mataría”).

Hugo Soto descree de eso de que para la cultura hay que sufrir. Dice saber que la suya es una postura adolescente, pensando en los tipos que laburan todos los días para comer, pero que no puede con ella: “Fue lo único que años de análisis no pudieron eliminar”.

“Hay cosas más importantes que el cine y el teatro, que flexionar las rodillas hasta hacerlas sangrar en un cuartucho estilo Payró, cuando afuera hay sol y el día es maravilloso.”
Tiene razón.
¿Qué mierda estoy haciendo acá?

Gustavo Mosquera. Ph: Cristina Fraire
 

Es el director del film "Lo que vendrá", con Hugo Soto como hombre mirando a la nada y Charly García como la encarnación rockera de Chaplin. Más aún: es talentoso. Peor, incluso: es jóven. Habrase visto tamaña insolencia, tamaña desvergüenza...

De acuerdo a la enciclopedia World Cinema Complete, Boston Press, Massachusetts, 1982, tomo III, página 1.126, director cinematográfico argentino es aquel que “no ha visto película más moderna que Gilda, cincuentón, semicalvo, entrado en carnes, y que alterna el rodaje de lacrimosos testimoniales y presuntas picarescas con el mismo desapego por el hecho fílmico”.

Dice, además, que los directores cinematográficos argentinos son “feos”.

Que tienen mal aliento. Que ante la mera mención de la palabra estética reculan de este modo: “¿Cirugía? ¿Qué tiene que ver la cirugía con el cine?”.

Da la impresión, no sé, digo, que la World Cinema Complete está quedando atrasadita. Anacrónica. No sé. Digo.

Existen, hoy, directores cinematográficos argentinos que están lejos de la cincuententena de edad. Y esto suscripto, ante todo, en el terreno metafórico.

Cristián Pauls, que acaba de estrenar su primer film, Sinfín.

El wendersiano Alejandro Agresti, que liberará El amor es una mujer gorda en abril.

Gustavo Mosquera, o Mosquera R., como gusta en llamarse cuando quiere parecer entre serio y kafkiano, cuya Lo que vendrá estará en los cines de la Capital el 31 de marzo.

Y un profuso etcétera, con nombres que aún hacen banco o están en distintas etapas de producción de sus óperas primas.

Pauls, Agresti, Mosquera, son, a su manera, bellos. Lo cual, ya de por sí, es una burla del destino para con sus predecesores.

Pero, en fin, o sinfín, eso no es lo único que los separa de aquellos directores cinematográficos argentinos de los que habla la enciclopedia.

“Queremos contar otras cosas”, dice Mosquera, 28, blondo, de barba y consciente fotogenia. “Queremos escaparle a la tragedia”, especifica. “Para eso están las telenovelas, que sirven de catalizador. Las tragedias me hinchan las pelotas. Soy un escéptico: llevo una coraza ante cosas como ésa. Prefiero la imaginación frondosa a la recreación histórica.”

Pero no sólo es el qué, el qué contar, en este caso, lo que tiende un abismo entre los Carreras de este mundo y la generación de Mosquera (¿R?).

“Lo importante es el cómo, cómo narrar, qué formato escoger para envolver la historia”, dice.

Y aunque no lo aclare, quedan, en el camino, algunos registros a los que no se piensa acudir. El naturalismo. Cierto realismo. El melodrama. La épica. El testimonial. Variaciones sobre el más maricón de los tangos, fatalista, buscando en el pasado algún episodio, por nimio, que dé una falsa idea de triunfo mientras se escapa, en el presente, la posibilidad de modificarlo todo.

Elocuente. Para Lo que vendrá, Mosquera articuló una historia que tiene lugar en un futuro de contornos inciertos: el 2.010, o mañana, basándose en algunos datos del pasado inmediato. “Soñé con Dalmiro Flores, aquel tipo a quien se baleó en una manifestación durante el tramo final de la dictadura, sin que su asesinato fuera aclarado jamás. Los familiares de Flores aún lloran. La gente del SIDE duerme tranquila. Soñé que hechos como ése se repetían, con frecuencia cada vez mayor, hasta hacerse cotidianos, y que la gente perdía capacidad de asombro ante ellos.”

En la apertura del film, Hugo Soto ataja una bala perdida con su cabeza. No forma parte de ninguna manifestación. Camina, simplemente. Mira a unos niños. Es crimen suficiente.

Allí irrumpe el personaje de Charly García, un enfermero “chaplinesco, atolondrado, que se mete en el quilombo de puro aburrido, por joder, y no por hacer justicia. Se sabe que en ese mundo no puede haber justicia”.

Pudo haber hecho una biografía de Dalmiro Flores, este muchacho Mosquera. Pero no. Lo proyectó al futuro, extrapoló, exageró las tensiones de este país presente, la violencia como código, el cine, el thriller, la comedia de enredos, el rock and roll: el envoltorio de su historia.

Comenzó, Mosquera, con una cámara Súper 8 que un tío le cedió “porque tenía demasiados botoncitos como para manejarla bien”. Ingeniería era su destino manifiesto, de acuerdo a papá Mosquera, pero Gustavo (¿R?) se anotó igual en la escuela del Instituto de Cinematografía para perfeccionar su hobby. Al año prescindió de los catetos y de las derivadas, en secreto, y se inscribió en Psicología “porque quería saber”.

Su tesis como egresado de la escuela del Instituto, Arden los juegos, tardó más de dos años en completarse. “Filmé durante la dictadura. Alarmados por esas imágenes, no me dieron guita para hacer el sonido. Tuve que esperar el cambio de gobierno, mientras trabajaba, una y mil veces, en la edición. Cuidada, lo que se dice cuidada, está...”

Recuerda la fascinación inicial por 2001, La conversación, el Herzog de Aguirre o la ira de Dios. Cómo, en la escuela, aprendió a amar a Leonardo Favio y a algunas otras cosas del cine nacional, Mario Soffici, por ejemplo, “porque uno entra lleno de ínfulas y descubre que, en verdad, no puede hacer bien ni siquiera el plano de un vaso. Entonces lo revaloriza todo”.

Así, el amor irredento por films como Blade Runner (Lo que vendrá tiene algunos guiños hacia esa obra de Ridley Scott: la gente abandona Buenos Aires, sin explicación, como allí abandonaba la Tierra por instalarse en las colonias del espacio) queda acotado, y crecen cineastas como Tarkovskí. “El Tarkovski de Stalker: la zona está muy cerca nuestro. Es ciencia ficción que no precisa de naves espaciales, sino que le basta con charcos de agua, tuberías, un viejo aparato de radio”, se enfervoriza Mosquera.

Hay repetidas palabras de reconocimiento para con Manuel Antín, director del Instituto de Cinematografía, cuyos créditos han permitido el lanzamiento de Pauls, Dinenson, el mismo Mosquera. Hay, también, incertidumbre sobre el destino comercial de los films. Para que lleguen a su público puntual, habría que alterar el estado de las cosas en el circuito de distribución y exhibición, incluso “sovietizarlo”, arriesga (¿R?) Gustavo.

Más allá de esos azares, sabe que su generación va a diferenciarse de las que la preceden. “Si nuestras películas no gustan a los que siguen a Fernando Ayala, es un buen signo. Ese es el cine que se extingue.”

De acuerdo a lo cual, Lo que vendrá, Sinfín y las demás son algo así como un certificado de defunción.

Se sabe que en este mundo no puede haber justicia. Pero a veces...

Por Marcelo Figueras, Sebastián Lima y Carlos Pizurno.

 

Fuente: Revista Caín (Archivo Histórico de Revistas Argentinas) - Publicada en Marzo 1988

El blog de Charly García (hecho por DIOS)

miércoles, octubre 08, 2025

Dos en la ciudad

Ph: Nora Lezano

“Mostrale la parte de Sting“, le dice Charly Garcia a su mánager y amigo todoterreno, Tato Vega. Lo dice con una sonrisa tierna, candorosa, que encierra una ilusión casi infantil. En su teléfono celular, Tato aprieta play y podemos ver algunas de las tomas que el músico inglés filmó en Nueva York para el clip de “In the City”, la canción que Sony Music lanza el 9 de este mes en formato de vinilo single (con un impactante diseño de Ezequiel Vega, hermano de Tato, colaborador del arte de Random, 2017) y que marca un hito no solo en la obra de Charly, sino en el rock argentino (como si esa disociación fuera posible). Charly expande su sonrisa, orgulloso. Recién escuchamos, y vimos, la nueva interpretación del tema incluido originalmente en Kill Gill bajo el título “In the City that Never Sleeps”, disco de Charly que tuvo su edición oficial en 2010. Es el crudo, con una mínima edición, de la interpretación que García filmó en su casa, bajo la lente de Belén Asad. Con una campera de cuero, frente a un teclado Wurlitzer de los 70, canta en inglés esa canción que puede entenderse como una oda a la ciudad en la que una esquina, Walker St. & Cortlandt Alley, lleva su nombre desde noviembre de 2023, cuando se cumplieron 40 años de la edición de Clics modernos. El relato visual encierra un guiño dickensiano: es una historia que transcurre en dos ciudades. Charly recorre la Reina del Plata en un taxi vintage, de los años 70. Sting canta en el puente frente a Grand Central Station y gira por la Gran Manzana en un Yellow Cab.

En la repisa que está sobre los monitores, el vinilo de Clics modernos comparte podio con Pink Moon (1972), de Nick Drake; Court and Spark (1974), de Joni Mitchell; y The Eraser (2006), de Thom Yorke. En una de las paredes, se destaca el afiche de Listen Up! The Lives of Quincy Jones, el documental sobre el productor y arreglador de Miles Davis, Aretha Franklin y Michael Jackson, entre otras glorias. Es la hora del crepúsculo de un miércoles de septiembre y estamos en el living de la casa del joven ingeniero de sonido Matías Sznaider (responsable de La lógica del escorpión, el álbum que Charly lanzó en 2024, y también de esta nueva grabación). Es un departamento pequeño, prolijo y acogedor (a diez cuadras de la públicamente conocida morada de García, en Coronel Díaz y Santa Fe), en el que Charly suele pasar buena parte de sus días. Acá, dicen, se siente cómodo. Acá, ahora, se lo ve feliz. “¿Lo vemos de nuevo?”, propone Tato. “¡Pero ponelo más fuerte!”, le pide Charly a Matías, el anfitrión.

UN CLÁSICO. Charly García en su departamento de Coronel Díaz y Santa Fe, retratado por Nora Lezano.

Las volutas de humo le dan una atmósfera cinematográfica a la escena. El índice y el anular de la mano derecha de Charly sostienen un cigarrillo y, en la mesa de trabajo, hay un vaso con whisky y otro con agua, más chico, que hace las veces de cenicero. Ahí, prolijamente, irá tirando las cenizas. Es emocionante verlo a Charly en la pantalla, con su característica mirada de perfil, amable y penetrante a la vez; sus gestos clásicos, como cuando emula el afiche de la enfermera pidiendo silencio; y su mano, acercando el micrófono a los labios. Pero más emocionante es verlo a Charly acá, a menos de un metro, estrechar sus manos, extremadamente suaves, y verlo con un buzo de The Shinning [El Resplandor, 1980; clásico de Stanley Kubrick, uno de sus directores favoritos] mirando la pantalla, con una sonrisa perenne y cantando al unísono esa canción mid tempo que se adhiere como pegamento instantáneo.

“Todavía no caigo de la emoción de que un artista de la talla de Sting, al que siempre tuve presente en mi vida, participó con tanta buena onda y predisposición. Al ver el video o escuchar la canción con amigos no deja de sorprenderme. Espero que la gente lo disfrute como nosotros disfrutamos haciéndolo”, celebra García.

Ph: Nora Lezano.

 “Soy un inglés en Nueva York, y me encanta la ciudad”, escribe Sting vía mail, en exclusiva para Rolling Stone, con un guiño a una de sus canciones más emblemáticas. “Claro que me iba a atraer una canción que ensalce su encanto y sus virtudes. Charly grabó algunas de sus canciones más célebres en Nueva York. Conoce la energía e inspiración que puede transmitir. Me encantó ‘In the City’ la primera vez que la escuché. Captura esa sensación que uno tiene en Nueva York de estar rodeado de gente y, al mismo tiempo, solo. En cuanto a la voz, es un honor cantar con Charly, así que fue fácil cantar con entusiasmo y desde el corazón. Fue divertido arreglar y combinar las armonías. Le sirvieron a la canción, pero también fueron un mensaje musical divertido para Charly”.

Charly no está con la locuacidad de otros tiempos, por eso también prefirió responder por mail. Unos días más tarde de nuestro encuentro, García evoca la génesis del feat.: “Esta colaboración surgió de forma natural, cuando nos encontramos en los camarines antes de su show. Siempre fui un gran admirador de su sonido y forma de componer. Era un tema que ya había escrito y que, además de ser en inglés, me pareció perfecto para la voz de Sting en el estribillo”. Esa noche, el domingo 23 de febrero pasado, Charly llegó a los camarines del Movistar Arena por una invitación del manager de Sting, Martín Kierszenbaum, y de Dominic Miller, guitarrista y mano derecha del músico inglés desde 1990, ambos nacidos y criados en la Argentina.

PRIMER CONTACTO. En la gira de Amnesty International, 1988.

“Es difícil expresar exactamente lo que la música de Charly significa para mí. Es algo bastante profundo”, explica Kierszenbaum. “Mis padres siempre tocaban música en casa. Mi mamá tocaba el piano, especialmente Chopin. Mi papá ponía discos de rock y también de Gardel, Piazzolla y las compilaciones de Aquí Cosquín. De hecho, fue mi mamá quien me trajo una copia de Clics modernos al volver de un viaje a Argentina, cuando ya estábamos viviendo en Estados Unidos. Para mí, ese disco no solo sirvió como vínculo al lugar y a la cultura que me habían formado como persona, sino que también logró combinar todos esos estilos de música con los cuales me había criado de una forma maravillosa. Es más, de cierta manera, sabiendo que fue grabado en Nueva York me hizo sentir más conectado a mi familia y a mis amigos en Argentina. Además, me inspiró desde un punto de vista musical ya que ese álbum es una obra de arte”, asegura.

“Cuando pensamos en música argentina siempre hablamos de dos nombres: Charly y Mercedes. Personalmente yo pondría a Spinetta en la lista también”, explica Dominic, que llamó personalmente a Charly para invitarlo al concierto de Sting en Buenos Aires. “Nos dimos cuenta de que ellos verdaderamente querían ver a Charly con amor, ¿viste? No es que querían tener una foto para cholulearlo”, relata Tato. “Cuando entramos al camarín, Sting estaba tocando el bajo. Abrieron la puerta, nos presentaron y se quedaron charlando cuarenta minutos. Charly había llevado una copia en vinilo de La lógica del escorpión [su álbum más reciente]”. Un hermoso souvenir para su colega, con arte de Renata Schussheim y Martín Gorricho.

ENTRE AMIGOS. Sting y Charly en los camarines del Movistar Arena, febrero de 2025.

En ese rato, le mostraron a Sting una foto en la que el músico inglés, en su primera visita a Buenos Aires, con The Police en 1980, está leyendo una revista Pelo con el propio Charly García en la tapa. Un testimonio seminal del englishman en Buenos Aires, que, de modo acaso metafísico, se resignifica con la colaboración que acaban de concretar, 45 años después.

Tanto Martín Kierszenbaum como Dominic Miller, que unos días más tarde sería homenajeado por el intendente de Hurlingham, su ciudad natal, hablan perfecto español. “Y sabían todo sobre Charly”, resalta Tato Vega. 

Charly disfrutó del concierto al costado del escenario y, luego del show, la noche depararía una anécdota curiosa: los dos músicos y toda una comitiva partieron en varias camionetas escoltadas por la policía, cruzando semáforos en rojo de Villa Crespo a Puerto Madero. Cenaron en el Hotel Faena, un sitio en el que Charly juega de local (allí tocó unos temas en público, por última vez, en junio de 2024). La admiración que provocaba la presencia de García le sirvió a Sting para acabar de dimensionar la importancia del músico argentino. Incluso Alejandro Lerner, que también estaba en esa cena, no podía dejar de comportarse como un fan de García. “Es que él es el inventor de todo”, le explicaba a Sting. “I know, I know”, respondía el ex The Police.

No hizo falta mucho más para que el inglés incorporara toda esa información. Que, por cierto, retuvo. Así lo recuerda ahora: “Me encanta tocar en Buenos Aires. El público es muy musical y participativo”, explica. “Tener a Charly en nuestro concierto fue genial. Me regaló una copia en vinilo de su álbum y pudimos charlar antes y después del concierto. Dondequiera que va en Buenos Aires, la gente le dice: ‘Gracias, Charly’. Es un sentimiento muy bonito que comparto. Gracias, Charly, por tu música y por invitarme a cantar esta canción con vos”.

En esa sobremesa surgió el embrión de esa colaboración. “Sting sigue sus instintos. Tiene un compás musical interno muy fuerte, que lo guía en todas sus decisiones. No hubo que convencerlo de nada”, cuenta Kierszenbaum, que se recibió en la Universidad de Michigan como bachiller en música, después de varios años en la industria en 2005 lanzó su propia discográfica, Cherrytree Records, y desde 2016 se desempeña como manager del inglés.

Ambos músicos nacieron hace 74 años, en octubre de 1951, a 11 mil kilómetros de distancia y con apenas 21 días de diferencia. Audrey Cowell dio a luz a Gordon Matthew Thomas Sumner el martes 2 en el Sir GB Hunter Memorial Hospital en la localidad inglesa de Wallsend. Carmen Moreno trajo al mundo a Carlos Alberto García Moreno el martes 23, a las 11 y 20, en el Sanatorio Otamendi y Miroli de Buenos Aires.

Ph: Nota Lezano
 
Cuando se vieron por primera vez, en octubre de 1988, estaban soplando 37 velitas. Por entonces, Gordon ya era Sting, había liderado The Police, había lanzado dos discos como solista, había protagonizado el documental Bring on the Night (Michael Apted, 1985) y era una estrella de proyección global. Carlos ya era Charly, había integrado Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán, llevaba más de cinco discos como solista, había protagonizado el documental Adiós Sui Generis (Bebe Kamín, 1976) y estaba proyectando sus canciones al resto de Latinoamérica.

Aquel encuentro fue en el marco de la gira con la que Amnesty International celebró los 40 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Unos meses antes, en julio de 1988, Charly junto a Nora Cortiñas y militantes de Amnistía Internacional, se habían encadenado a la reja de la Embajada de Chile en Buenos Aires para protestar contra la dictadura de Augusto Pinochet, iniciada casi quince años antes, el 11 de septiembre de 1973. Del tour participaban Bruce Springsteen and the E. Street Band, Peter Gabriel, Sting, Tracy Chapman y el senegalés Youssou N’Dour, además de artistas locales de cada escala, que en el caso de Argentina fueron Charly García y León Gieco. Crónicas de la época consignan que Charly no tuvo acceso a hacer una prueba de sonido para su presentación en River, y no tuvo eco desde las consolas cuando pidió que subieran el volumen. Su set, de apenas cuatro canciones, incluyó “Demoliendo hoteles”, “Los dinosaurios”, “Nos siguen pegando abajo” y “En la ruta del tentempié”, con una destacada labor del Negro García López en la guitarra. Sting estuvo acompañado con una banda que incluía a los jazzistas Branford Marsalis (saxo) y Kenny Kirkland (piano), y un set con una canción que denunciaba las desapariciones en Chile, “Ellas danzan solas (Cuecas solas)”, con la participación de un grupo de referentes de las Madres de Plaza de Mayo sobre el escenario.

Charly estaba enojado, sentía un destrato por parte de los organizadores. Y se vislumbraba una lucha de egos. Por eso, sus plomos pegaron unas calcomanías en los equipos de Springsteen que decían “The Boss is Charly García”. Lo que podría haberse entendido como una broma inocente no cayó bien en la troupe de El Jefe. Pero, además, Charly y Bruce discutieron por la traducción al español de la letra de “Get Up, Stand Up”, el tema de Bob Marley y Peter Tosh, que se había convertido en el himno de aquella gira. Charly lo contó así: “La letra en castellano que me dieron no pegaba. Fuimos a lo de Bruce a ensayar, entonces yo dije: ‘Che, Bruce, mirá, esto está fuera de métrica’. Sting la había escrito. Y ahí entró Sting y dijo: ‘Sí, tenés razón, ¿cómo la haríamos?’. Entonces le sugerí ‘para siempre ya’, en vez de ‘para nunca jamás’ o una cosa que no tenía mucho sentido. Y que, además, no pegaba con la música”. A Bruce Springsteen no le gustó nada esa corrección. En los pasillos del estadio, Charly vociferaba: “I’m the boss, I’m the boss!”. Cero onda.

“Sting intelectualmente comprende todo”, le dijo a Susana Giménez en una recordada entrevista televisiva de 1989 en la que contó, también, que Peter Gabriel le había mandado una carta felicitándolo por el entonces flamante Cómo conseguir chicas. De Bruce, no contó nada bueno.

“Sting fue principalmente el que entendió el concepto de las modificaciones que sugerí para el tema”, cuenta Charly, ahora. Y evoca el inicio de su admiración por el músico inglés: “Con Synchronicity [1983, quinto y último álbum de estudio de The Police] entendí el aporte que Sting le estaba haciendo a la música de ese momento”.

También Sting lo recuerda: “Sentí una conexión musical con Charly en aquellos conciertos. Había escuchado sus canciones y, en persona, se hacía aún más evidente que era un espíritu musical verdaderamente original y especial”.

Pasaron 37 años desde la gira de Amnesty. “Desde el principio, existió un respeto mutuo y musical entre los dos. La idea de grabar una canción juntos surgió orgánicamente. El impulso fue musical y natural como siempre con Sting. Charly le sugirió la canción y a Sting le gustó. No se contempló demasiado el significado histórico o cultural, aunque, para mí, como manager de Sting y admirador de la música de Charly, este dueto, sí, es algo muy emocionante e importante”, reconoce Kierszenbaum. Él y Dominic, cuenta Sting, suelen poner sus canciones en el micro de gira y entre bastidores: “Tanto Martín, que también creció en Buenos Aires, como Dominic sienten un inmenso respeto por Charly, un compositor e intérprete extraordinario. Por ellos yo conocía el trabajo pionero de Charly”. Y aclara: “En realidad, esta no es mi primera colaboración con un artista argentino. Llevo mucho tiempo colaborando con Dominic. Hemos escrito muchas canciones

A medida que avanzaba la colaboración, el ingeniero de grabación, Matías Sznaider, que trabaja con García desde 2017, se involucró en el proyecto: “Nos juntamos con Charly y surgió la idea de rescatar unas grabaciones recientes de ‘In the City’ que tenían mucho potencial. Había que terminar de elegirlas, de darles forma. Pero, a priori, nos parecía que la canción, por el estilo y porque la letra es en inglés, era la indicada. Con la decisión tomada, nos juntamos a escuchar el material y Charly fue muy claro en cómo quería que se luzca el tema. Tenían que preponderar el piano eléctrico, el bajo y la batería. Las guitarras tenían que aportar texturas, más que nada”, relata. “Las escuchas críticas las hicimos en mi casa y las grabaciones adicionales en el estudio Happy Together”. Sting recibió la maqueta del tema con las sugerencias para grabar el bajo, sus intervenciones vocales y las guitarras de Dominic Miller, y levantó el pulgar. “Vamos para adelante”, respondió.

El cantante y Miller grabaron sus partes juntos en Oregón, noroeste de Estados Unidos, en el estudio portátil del ingeniero Tony Lake, habitual colaborador del artista. “Con buenas canciones es fácil saber qué tocar. Es como que la letra y la música te dirigen. Yo grabé estas guitarras en media hora”, cuenta Dominic.

Parceiro de Sting desde hace tres décadas y media, ha colaborado con Phil Collins, The Pretenders, Rod Stewart, Peter Gabriel, Sheryl Crow y muchos más. Sin embargo, a nivel emocional y musical, esta experiencia está en lo más alto de su trayectoria. “Es increíble haber tocado con todos estos artistas, pero tocar con Charly se siente diferente, o como que después de esta experiencia no me importa más nada”.

“Tato, el manager de Charly, y Matías, su ingeniero, hicieron que el proceso sea muy cómodo y fácil. En lo personal, me conmovió mucho escuchar esas armonías que agregó Sting a la canción. Fue alucinante oír ese sonido tan original y familiar en combinación con el de Charly. El hecho de que ahora existan juntos en una canción es impresionante”, celebra el manager del inglés, que se encargó de mandar las grabaciones a Buenos Aires.

Con Morph the Cat (2006), el álbum de Donald Fagen, como una de las referencias sonoras, Matías, Tato y Charly decidieron grabar la batería en Unísono, el estudio porteño construido por Gustavo Cerati. Convocaron a Diego López de Arcaute, baterista de Juana Molina y de La Grande, con más de dos décadas de impecable trayectoria. “Para mí, Charly y Sting son dos dioses de la música. Están entre mis principales influencias hasta el día de hoy y son de esos artistas por los que yo y muchos otros nos dedicamos a esto”, explica el baterista. “Cuando me comentaron que existía la posibilidad de que hicieran un tema juntos y que, además, había chances de que yo pudiera participar me pareció una locura. Estuve recontra ansioso y me costaba dormir”, confiesa. “A Diego me lo recomendó mi hijo”, dice Charly. “Desde la primera toma del tema me di cuenta de que era perfecto para la base de la canción”, sentencia. 

Diego no oculta la emoción: “Por supuesto que fue un impacto fuerte estar con Charly en el estudio. No podía creer estar grabando con él, ahí presente. Primero tocamos el arreglo que estaba contemplado y luego a él se le ocurrió agregar algo con los toms para el final del tema, y quedó buenísimo. Todo fluyó super bien y fue redivino conmigo. Estando ahí me comentó que su hijo le había hablado muy bien de mí. Eso fue algo que me emocionó porque siempre tuvimos buenísima
onda con Migue, a quien admiro y conozco desde hace años. Solía venir a vernos cuando tocábamos con Lucas Martí. Ellos compartieron una etapa en A-Tirador Láser”. 

La sesión tuvo un plus: “Esa tarde, después de grabar, escuchamos el tema con Charly: las voces de Sting, las guitarras de Dominic, mi bata... ¡Una gloria, todo! El tema me encanta. Y escucharlos a ellos dos juntos me liquida. Es tremendo todo lo que pasó, mucho más que un sueño para mí”.

Charly también estaba conmovido: “Me produjo una emoción increíble escuchar la voz de Sting y quedé muy conforme con el sonido general del tema”, asegura. No menos emotivo fue para Sznaider: “La estética estuvo muy impresa desde un primer momento. Obviamente todo cobró un halo de magia con el material que aportaron Sting y Dominic, con pinceladas de fineza y de sorpresa. El desafío de la mezcla fue potenciar eso”, explica. “Charly confía mucho en mí, así que tengo mis espacios para detenerme microscópicamente en ciertas cosas, y después él viene a supervisar ese trabajo. Siempre se llevaba una copia para escucharla en su hábitat, y venía con sugerencias y anotaciones. Por su parte, Sting, Martín y Dominic mandaron ideas. Por ejemplo, sugirieron que aceleráramos un poco la canción, y eso me causó mucha emoción, porque demostraron lo comprometidos que estaban con el asunto. No fue una cosa hecha al pasar. Siguieron el proceso desde que empezó hasta que terminó. Y eso me llena de felicidad”.

En una entrevista publicada en Clarín, en 1993, Charly le contaba a la periodista Hinde Pomeraniec que se pasaba el día cantando “If I Ever Lose My Faith in You”, el entonces flamante tema de Sting. “Lo que más me gustaba de esa canción era el desarrollo dramático y musical”, explica Charly ahora. Y asegura que ambos, Sting y él, comparten un modo de entender la música.

Cuando en 1999, la revista La García lanzó la campaña “Charly Presidente”, él se prestó al juego y armó su gabinete. El ministro de Educación sería Sting. La justificación llega un cuarto de siglo después. “Era por el video de ‘Don’t Stand So Close to Me’, el tema de The Police”.

En 2022 en el canal de YouTube del músico Rick Beato, Sting destacó la importancia del puente en la estructura de la canción. Sus declaraciones, en consonancia con el lanzamiento de su álbum The Bridge [El puente], se viralizaron en redes sociales. “Ya he dicho antes que el puente en una canción es la terapia: una forma de evaluar o procesar la historia del resto de la canción”, sostiene ahora Sting. “Charly es un gran compositor y siempre me impresiona cómo puede integrar diferentes estilos en sus canciones. Como resultado, sus arreglos son impredecibles y frescos. El elemento clave en la música es la sorpresa, y nadie puede decir que Charly no nos haya sorprendido a todos en algún momento. Me esfuerzo por sorprenderme a mí mismo al hacer música. Creo que, ese sentido, Charly y yo podríamos ser parecidos”.

La colaboración con Sting en el mes de su cumpleaños es para Charly un nuevo hito en un año que, en los últimos meses, dejó una variada serie de polaroids de emoción extraordinaria.

En abril, fue a escuchar el DJ set en vinilos de Facu Iñigo, con un grupo de amigos que además de Tato incluyó a Fabián Von Quintiero y Andy Chango, en el recientemente inaugurado Victor Audio Bar. Comió mariscos, bebió whisky sour, la pasó bien. “Fue una alegría enorme”, le dijo el Zorrito a Rolling Stone. “Salir de noche con Charly es la vida misma”.

DOCTOR CHARLY GARCÍA. La vicedecana, Graciela Morgade, el rector, Ricardo Gelpi, y el decano de la Facultad de Filosofía y Letras, Ricardo Manetti, le entregan a Charly García el diploma que lo acredita como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Buenos Aires.

El martes 19 de agosto, Charly llegó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires para recoger, en un acto en el aula 108, colmada por personal docente y alumnos, el diploma con el título de Doctor Honoris Causa. “Gracias a la nniversidad por este reconocimiento tan importante. Desde ahora, pasaré a llamarme ‘Doctor’ Charly García”. Con apenas un par de frases, Charly transformó en inolvidable un evento que, en otro caso, podría considerarse un mero acto protocolar. Pero con García siempre es diferente. “Siempre me gustó que me reconozcan por haber hecho un aporte para la cultura de este país. Me emociona ver a los que, gracias a mi música, crecieron conmigo. Recibir tanto cariño siempre me pega de forma muy positiva”, cuenta.

50 AÑOS DESPUÉS. León Gieco, María Rosa Yorio, Charly, Nito Mestre y Raúl Porchetto en los estudios Crazy Diamond de Parque Chacabuco, escuchando la remasterización del único álbum de PorSuiGieco.


Unos días después, casi en secreto, se juntó con Nito Mestre, Raúl Porchetto, María Rosa Yorio y León Gieco en el estudio Crazy Diamond de Parque Chacabuco, para escuchar la reedición remasterizada del único disco que grabaron juntos hace cinco décadas. Además, revisaron el arte gráfico del álbum que por estos días estará disponible en vinilo, CD y también en las plataformas digitales. “Tengo siempre presente el recuerdo de mis compañeros del grupo y lo lindo que fue cantar con ellos. Además, me gustó mucho cómo quedó la nueva masterización”, celebra. “El vinilo me parece el mejor formato para escuchar música”, agrega. Así que la reedición de casi toda su obra en vinilo (acaban de lanzar Influencia, 2002, y Rock and Roll yo, 2003) es otro motivo de festejo.

PÓSTER, REMERA, MURAL. Después del partido contra Venezuela, Charly se abrazó con Lionel Messi en el vestuario del Monumental. “Me sorprendió su humildad”, declaró el músico.


El jueves 4 de septiembre fue a ver el partido de la selección contra Venezuela, por la última fecha de las eliminatorias, la hipotética despedida oficial de Lionel Messi en el Monumental. El mismo escenario donde cantó con Sting en 1988, el mismo estadio que llenó con Serú Girán en 1992. “Tengo grandísimos recuerdos ahí”, dice Charly. “El de Serú, por ejemplo, aquella vez me shockeó por la cantidad de gente que coreaba las canciones”.

Esa noche, además de gritar los dos goles de Messi y el de Lautaro Martínez, Charly se sacó una foto en los vestuarios con el capitán de la Selección Argentina. Una imagen, hasta entonces inédita, de un cruce entre dos íconos. “El encuentro fue muy emocionante”, dice Charly. “Soy muy fan de él. Me sorprendió muchísimo su humildad”

La última polaroid es del martes 16 de septiembre, apenas unos días antes de mandar a imprenta esta edición de Rolling Stone. Por segunda vez en una semana, Charly se acercó hasta La Fábrica, un flamante venue sobre la calle Fitz Roy, a metros de la avenida Córdoba, que desde fines de los 80 y durante al menos una década fue su sala de ensayos. En ese espacio, que comienza a templar una mística propia, esa noche cantaba Bernard Fowler, el corista de los Rolling Stones y viejo amigo de García. Sentado en una mesa al fondo del salón, para apenas 70 personas, Charly disfrutó del concierto junto a Tato, su amigo Javito y Mecha Íñigo, su novia desde 2011. A su izquierda, en la mesa, estaban Patricio Sardelli, guitarrista y cantante de Airbag y su amigo Kike Passo, exlíder de Místicos. La conversación giró en base a dos gustos compartidos: la música clásica y el tango. También estaba Fernando Samalea, que recordaba las posiciones que tenían los instrumentos cuando este elegante salón era la sala de ensayos. Fowler le dedicó su versión de “Happy and Real”, el tema que Charly escribió y grabó en 1991 para Tango 4, su disco con Pedro Aznar. Luego, se acercó a conversar a la mesa y rieron como viejos amigos. A Charly se lo veía, como dice su canción, feliz y real. Una módica plenitud.

Por Humphrey Inzillo

Fuente: RS

El blog de Charly García (hecho por DIOS)

viernes, mayo 09, 2025

Charly García conmueve con una donación que celebra su legado cultural

El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, recibe la obra de Charly García, en Buenos Aires. (EFE/Matías Martín)

El músico y compositor Charly García, una de las leyendas vivas del rock argentino, entregó este jueves su más reciente disco y las letras de dos de sus canciones para que el Instituto Cervantes los conserve como legado en la Caja de las Letras.

La entrega de una copia del disco La lógica del escorpión, editado en 2024, de la letra de la canción ‘Rock and roll star’ -tema que integra ese álbum- y de la letra impresa y autografiada de la canción ‘Los dinosaurios’ (1983), se realizó en el apartamento de Buenos Aires donde vive el músico, de 73 años.

En la ceremonia estuvo presente Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, institución española que custodiará los objetos cedidos por García hasta su entrada en la Caja de las Letras en la sede cervantina de Madrid.

La institución, creada por el Estado español en 1991 para promover el estudio y la enseñanza del idioma español y la difusión de las culturas hispánicas en todo el mundo, atesora desde 2007 en la Caja de las Letras -cajas de seguridad de un antiguo banco que funcionó en la actual sede del instituto- una gran cantidad de legados de personalidades de la cultura hispanoparlante.


 

“Para nosotros es una ilusión poder demostrarte nuestra admiración. El Instituto Cervantes está ahora en un edificio que fue del Banco del Río de la Plata y conserva una gran caja de caudales que nosotros hemos convertido en caja de la cultura”, explicó García Montero.

El escritor español sostuvo que “la verdadera riqueza de una comunidad es su cultura y la mejor manera de apostar por el futuro es recibir la mejor herencia de nuestro pasado”, por lo que el Instituto Cervantes homenajea de este modo a escritores, músicos, directores de cine y actores, entre otras personalidades de la cultura hispánica.

“Por lo que significa tu figura para el mundo del rock latino, nos hacía mucha ilusión poder tenerte entre nuestros grandes maestros de la cultura”, dijo García Montero al artista argentino, que se mostró muy agradecido.

El acto de este jueves se enmarca en la 49 edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, que comenzó el pasado 24 de abril y concluirá el próximo lunes, y en la que la institución española tiene una presencia destacada, que incluirá la presentación del libro ‘El papa Francisco, Borges y la literatura’, editado por el Instituto Cervantes.

Luis García Montero con la letra de la canción 'La lógica del escorpión. (EFE/Matías Martín)

García Montero le regaló a Charly García un ejemplar de este libro y, además, le entregó al músico una copia de la llave de la Caja de las Letras donde se guardará su legado y los diplomas que certifican la entrega concretada este jueves.

Carlos Alberto García Moreno, nacido en 1951 en Buenos Aires, es uno de los músicos más emblemáticos de Argentina. El debut de Charly García en los escenarios fue en 1972, con su participación en el teclado del primer disco de Raúl Porchetto, llamado ‘Cristo Rock’.

La carrera del músico se consolidó junto a Nito Mestre en la banda Sui Generis, de gran popularidad en la década de los años 70 del siglo XX.

El director del Instituto Cervantes, el escritor español Luis García Montero (i), al hablar este jueves, 8 de mayo, con el cantante y músico argentino Charly García, en Buenos Aires (Argentina). EFE/Matías Martín

Esta banda grabó tres discos: ‘Vida’ (1972), ‘Confesiones de invierno’ (1973) y ‘Pequeñas anécdotas sobre las instituciones’ (1974), con los que alcanzaron fama internacional, hasta su separación en 1975 con dos conciertos en el estadio Luna Park de Buenos Aires.

Tras su paso por bandas como Por SuiGieco y La Máquina de Hacer Pájaros, García lideró el grupo Serú Girán, hasta que se lanzó como solista en 1982 y publicó canciones emblemáticas como ‘Yo no quiero volverme tan loco’ , ‘Demoliendo hoteles’ y ‘Chipi chipi’ .

García, ganador de varios premios, entre ellos un Grammy Latino a la Excelencia Musical en 2009, también ha compuesto música para el cine e, incluso, ha participado en películas como ‘Lo que vendrá’ (1988) y ‘Mercedes Sosa, como un pájaro libre’ (1983).
(EFE)

Fuente: Infobae

El blog de Charly Garcia (hecho por DIOS)

lunes, diciembre 09, 2024

A veces con vivir no alcanza

 

El último disco de Charly García toca las fibras de la época de una manera sutil, interpela, te deja pensando cosas. Hubo críticas musicales a la producción, al cuidado en la grabación de algunos temas. No es ese el punto de este argumento. Charly sigue teniendo, y en este disco queda muy claro, esa “pobre antena que le transmite lo que decir”. Lo explica mucho mejor el propio Charly acá.

Esa sintonía con la época, esa palabra precisa sobre lo que está sucediendo es algo que tuvo siempre y lo hace alguien fuera de serie. Musicalmente seguro, pero más allá de eso también. De la misma forma que Gilles Deleuze decía que Franz Kafka era mejor teórico de la burocracia que Max Weber, podríamos decir que Charly es mejor analista de su presente que muchos periodistas o sociólogos. Obviamente, como tantas cosas, esto es más fácil de ver históricamente. Un ejemplo: Charly García como teórico de la dictadura y la transición democrática.


Produjo una enorme cantidad de música entre los setenta y los ochenta, integrando bandas como La máquina de hacer pájaros y Serú Girán hasta que, en 1982, inició su carrera solista con Yendo de la cama al living. No estuvo entre los artistas prohibidos por la dictadura, más bien podríamos decir que su música tuvo una amplia difusión en esa época, llegando incluso a espacios mainstream controlados por el Estado autoritario como los canales de televisión. Eso no quiere decir que su música no haya significado, para muchos que lo escuchaban, un mensaje cifrado en contra del régimen, tal como lo desarrolla Esteban Buch en el último apartado de su libro Música, dictadura y resistencia (2016). Lo que interesa es que sus palabras, lo que tenía para decir de cada momento, fue mutando: si tomamos Películas, el primer disco de La máquina de hacer pájaros de 1976, escuchamos la frase “qué se puede hacer salvo ver películas”, filmes que se veían en la TV “sobre la que se duermen mis dos gatos”. También escuchamos un hartazgo con las noticias y la coyuntura en “No te dejes desanimar”, una invitación al repliegue interior o espiritual ante una realidad que parecía no dar tregua. TV y repliegue interior ante una realidad indigerible.

Serú Girán lanzó su álbum debut homónimo en 1978 y el tema más difundido del disco fue una canción sobre las dificultades de encontrarse en una relación amorosa: “Seminare”. En 1980, luego de la visita de la CIDH a fines de 1979, editan Bicicleta y el clima se vuelve más denso. “Encuentro con el diablo”, “Desarma y sangra” y, la más asociada a una crítica al gobierno dictatorial, “Canción de Alicia en el país”. Aunque las referencias más explicitas, en esta canción, van más atrás en el tiempo (las morsas por Onganía, las tortugas por Illia) sucede con “Canción de Alicia…” una especie de pérdida de inocencia. Ya no se puede ignorar el río de cabezas y refugiarse en el amor, ya no se puede parar la mente, ya no es posible ver películas en la tele para olvidarse de lo que pasa. Las referencias coyunturales se vuelven cada vez más explícitas en la medida en que la dictadura (y con ella la censura) se debilitan. En el siguiente disco de fines 1981, Peperina, la canción “José Mercado” alude de forma bastante directa, al ministro de economía desplazado de su cargo a principios de año (“José es licenciado en economía”). La despedida de la banda ocurre en 1982, con la dictadura en crisis, pero en el contexto del intento de relegitimación que implicó el conflicto por Malvinas. En ese marco, hay una presentación en los estudios del canal ATC, renovados por completo antes del Mundial 78, que se emite el 30 de abril de 1982  y que incluye una versión de “Peperina” en la que Charly agrega la expresión “Ay Anastacia”. Anastacia era una forma de nombrar a la censura, derivada de las prohibiciones de libros del Papa Anastacio I. Charly parece marcar, en este punto de 1982 y con un tono de hartazgo, que la censura no se bancaba más. La apertura cultural se profundizará luego de la derrota bélica. El último hit de la banda va a afirmar “No llores por las heridas, que no paran de sangrar”.

En su carrera solista, la capacidad de Charly de sentir lo que sucede alrededor se mantiene y, quizá, se profundiza. “No bombardeen Buenos Aires” de Yendo de la cama al living editado en octubre de 1982, mezcla, por ejemplo, la paranoia de la guerra con el absurdo de las prohibiciones a la música en inglés (“escuchando a Clash”) y las mentiras de la televisión (“los viejos siguen en TV”). “Inconsciente colectivo”, en el mismo disco, parece augurar cierto resurgir de la libertad. En el siguiente disco, Clics modernos de 1983, “Los dinosaurios” busca marcar una distancia radical con el pasado reciente. Estas últimas dos canciones prevalecen como himnos de esa época de la transición. Pero Charly dice mucho más sobre la época en esa seguidilla de discos que, seguramente, estén entre lo mejor del rock argentino (un análisis detallado de los tres se hace en este podcast). Expresa muy tempranamente las incomodidades de los que regresan del exilio (“No soy un extraño”, “Pateado sobre plateado (huellas en el mar)”), las continuidades (“Nos siguen pegando abajo”, “Nuevos Trapos”) y las incertidumbres respecto del futuro (“Y si mañana es como ayer otra vez, lo que fue hermoso será horrible después”). Por si no quedaba claro, la irónica canción “Cerca de la revolución”, de Piano bar editado en el verano de 1984, afirmaba “No es solo una cuestión de elecciones”. Es como si Charly tuviera, en esta época, la lectura de la ruptura radical con el pasado con los himnos mencionados y, a la vez, una lectura más cauta y crítica, que lo emparenta más con el desencanto temprano respecto a los efectos de la transición de escritores como Rodolfo Fogwill en sus notas recopiladas en Los libros de la guerra. Estos tres discos, que salen entre la guerra de Malvinas y el verano de 1984, ofrecen un prisma amplio con muchas miradas posibles sobre la transición democrática.

La democracia continúa y Charly sigue produciendo música. En los años noventa edita el que, quizá, sea uno de los mejores “Unplugged” de la cadena estadounidense MTV, acompañado de una banda en la que se destaca una brillante María Gabriela Epumer. Allí recupera canciones de Serú Girán e interpreta en vivo la canción “Chipi-Chipi” en la que, en un tono autorreflexivo, afirma: “Yo solo tengo esta pobre antena, que me transmite lo que decir”. En la nueva década, edita Influencia (2003), donde versiona, muy libremente, una canción de Todd Rundgren llamada “Influenza”. Esta versión será utilizada en la secuencia final de una de las películas más emblemáticas sobre la última dictadura y sus herencias: Los rubios (2003) de Albertina Carri. Para esa secuencia final, en la que la actriz y el equipo de la película caminan por el campo con pelucas rubias, no se elige ninguna canción clásica de Charly sino “Influencia”, su último hit. Las herencias, el destino, las dificultades para asumir el lugar de otra persona parecen resumir las temáticas que recorre toda la película en torno a la relación de los hijos con sus padres militantes desaparecidos. La secuencia ocupa el tema entero y hasta vuelve a iniciarse, como en un loop, durante los créditos finales. Como si hubiera ahí una búsqueda insistente de que la canción pueda explicar algo más, algo difícil de explicar.  

Durante la época del kirchnerismo Charly estuvo mal de salud. Sus proyectos artísticos quedaron postergados y el único registro que quedó es el proyecto, muy dificultoso, de Kill Gil (2010). Algunos de sus registros volverán a aparecer en La Lógica del Escorpión (2024) como la canción “Rompela” y la versión de “Watching the wheels” de John Lennon. Durante el gobierno de Mauricio Macri, Charly editó su anteúltimo disco de estudio, Random (2017). Allí aparecen sus conflictos con los profesionales de la salud mental (“La medicina quiere otro”) pero también lecturas coyunturales sobre los programas evangélicos de la trasnoche televisiva; la ironía de no ver “el gato que hay en vos”; la actualidad random de la inspiración en “La máquina de ser feliz” que “se prende y se apaga sola” y, finalmente, la canción “Rivalidad”, en la que aparecen vecinos y una reivindicación abierta de la confrontación en tiempos de consignas repetidas como “cerrar la grieta” o “unir a los argentinos”. Charly veía otra cosa.  

Llegamos a un presente en el que no podemos dejar de escuchar (y leer) La lógica del escorpión (2024) pensando en nuestro tiempo. Un tiempo donde justamente no hay tanta lógica, donde se escucha, habitualmente, una frase que es el título de una de las canciones más lindas del disco: “Yo ya sé”. Allí Charly despliega toda su poética cuando dice que “Dios te ha dejado solo, como internet” para luego enfatizar que “Hoy que querías de todo, nada tenés”. Parece la contra campaña de la empresa de celulares que te invita, hoy, a “elegir todo”. No es solo esa canción. Hay ideas que nos interpelan aquí y ahora. Como en “Autofemicidio”, cuando afirma “Los chicos quieren ser chicas, las chicas quieren ser grandes”; en “América” cuando dice que el “Valle del futuro es un oscuro callejón”, o en “El club de los 27”, cuando canta “Dios creó todo el universo y también al Ku Klux Klan”. Charly sigue teniendo la antena, y aunque pueda sintonizar mal por momentos, aunque su voz se nos pierda, es importante escucharlo porque nos está hablando hoy. Escuchar y tratar de entender algo, porque “aunque mantengo la esperanza, a veces con vivir no alcanza”.


jueves, octubre 31, 2024

Charly participa en el disco de Rita Lee en vivo

Charly participa en el disco lanzado hoy 31/10/2024 de Rita Lee "ao vivo" en el Luna Park

¡Ustedes son tan cariñosos! ¿por qué tardé tanto en venir? Así  resumió Rita Lee  el ambiente de su show en el Luna Park, de Buenos Aires, en noviembre de 2002. La consagración de la reina del rock en la tierra del tango es palpable: el show en el estadio estaba lleno, con entradas agotadas. . “ Rita Lee – Una Noche en el Luna Park – Live in Buenos Aires ” ahora se lanza por primera vez a través de  Universal Music , como álbum digital y vinilo doble. La versión digital llegará el 31 de octubre y el vinilo, que se lanzará en noviembre, estará en preventa a partir de la misma fecha.  No creo en las brujas, pero las hay, las hay. Este "ao vivo" es uno de esos deliciosos casos en los que nos transportamos al espectáculo: se escucha la vibración, el cariño y el público extasiado.


Rita ha lanzado sus álbumes en Buenos Aires desde la década de 1970. Su primer avance, sin embargo, se produjo en 1980, cuando el dúo Rita Lee y Roberto de Carvalho crearon éxitos como “Lança Perfume” y “Mania de Você”, que invadieron el mundo. estaciones de radio de allí, incluso cantadas en portugués. Los álbumes de Rita que siguieron, todos ellos, fueron lanzados con éxito en Argentina.

En 2001, se lanzó en Brasil el álbum “ Bossa'n Beatles ” (“Aqui, Ali, Em Any Lugar”). En él, Rita recrea  éxitos de Fab 4  en ritmo de bossa nova, con arreglos y producción de Roberto de Carvalho. Y salió en todas partes: Japón, Taiwán, Italia, Estados Unidos, Venezuela, México, Portugal, Chile… y, por supuesto, Argentina. Allí estuvo semanas entre los 10 más vendidos, llegando a lo más alto. Rita volvió a invadir la radio, tanto con canciones de ese disco como con sus clásicos. Recibió Disco de Oro y, posteriormente, Platino.

La relación a distancia con su público argentino necesitaba de un encuentro real. Y así fue: Rita y Roberto viajaron al país para recibir el Disco de Oro, realizar una popular tarde de autógrafos en la hermosa librería El Ateneo y, coronando la visita, el espectáculo del Luna Park. Al salir de una cabina telefónica al estilo londinense al son de “A Hard Day's Night”, ya queda claro que las miles de personas presentes en el lugar estaban ansiosas por Rita. Su clásico atemporal “Baila Comigo”, uno de los mayores éxitos de Rita & Roberto allí, continúa y el público se calienta aún más.

A continuación viene la versión conmovedora y gentil de “Con un poco de ayuda de mis amigos”. "¡Hola! ¡Hola! Marciano” fascina con el solo de theremin de Rita, ese tipo de instrumento ET que se puede tocar sin contacto físico. “A ti te digo que sí (Si me caigo)” y “Panis et circenses” son emotivos. La voz de Rita, impecable y única, nos invita a viajar por el repertorio, que continúa con “Bésame mucho” y su versión de “Minha Vida”, que consigue mejorar aún más “In my Life”.

La banda es un espectáculo en sí misma: Roberto de Carvalho a la guitarra, voz y dirección musical, Marco da Costa a la batería, Dadi Carvalho al bajo, Ary Dias a la percusión, Rafael Castilhol a los teclados. De momento siguen Bossa'n Beatles, “Lucy in the Sky with Diamonds” y “All my love”. La atmósfera lisérgica está presente en los arreglos. Y esto también se muestra en la portada, con arte original de Guilherme Francini, ilustrador de los libros infantiles de Rita, inspirado en el arte de la época y los filetes porteños.

“Cuando te veas”, la versión swing de Rita de “Cuanto más te veo”, es puro arte. Y a continuación, al final del espectáculo, aparecen otras obras maestras del mayor rockero: “Ovelha Negra”, “Doce Vampiro” y “Mania de Você”. Este último, ícono del dúo Rita & Roberto, con el comienzo modificado: “Buenos Aires me das/ agua en la boca…”.

A continuación se produce un encuentro imperdible: Rita le da la bienvenida a Charly García, dos leyendas del rock planetario (o dinosaurios del rock, como decía Rita con su impagable humor). El encuentro es uno de los que marcan la historia de la música, con “Love me do” y “Help”. “Lança Perfume”, por supuesto, cierra el espectáculo con el público cantando. ¡Espeluznante!

Repertorio en vinilo  “Rita Lee – Una noche en el Luna Park – en vivo en Buenos Aires” :

Disco 1:
Lado A:
1. “A Hard Day's Night” (John Lennon / Paul McCartney)
2. “Baila Comigo” (Rita Lee)
3. “With A Little Help From My Friends” (John Lennon / Paul McCartney)
4. “Alô! Alô! Marciano” (Rita Lee / Roberto de Carvalho)
Lado B:
1.  “Pra Você Eu Digo Sim” – “If I Fell” (versão Rita Lee – John Lennon / Paul McCartney)
2. “Panis Et Circenses” (Caetano Veloso / Gilberto Gil)
3. “Besame Mucho” (Consuelo Velázquez)
4. “Minha Vida” – “In My Life” (versão Rita Lee – John Lennon e Paul McCartney)
5. “Lucy In The Sky With Diamonds” (John Lennon / Paul McCartney)

Disco 2:
Lado A:
1. “All My Loving” (John Lennon / Paul McCartney)
2. “Quando Te Vejo” (Harry Warren / Mack Gordon – arranjos: Rita Lee)
3. “Ovelha Negra” (Rita Lee)
4. “Doce Vampiro” (Rita Lee)
Lado B:
1. “Mania de Você” (Rita Lee / Roberto de Carvalho)
2. “Love me do” – feat Charly García (John Lennon / Paul McCartney)
3. “Help” – feat Charly García (John Lennon / Paul McCartney)
4. “Lança Perfume” (Rita Lee / Roberto de Carvalho)

Por Guilherme Samora. Periodista, editor y estudioso del legado cultural de Rita Lee.

Fuente: Universal Music
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