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| Hugo Soto & Charly García. Ph: Cristina Fraire |
El 31 de marzo se estrena "Lo que vendrá", la película de Gustavo Mosquera que lo tiene como actor, y cuya partitura, ejem, también le pertenece. en ella, García es el enfermero. pero, como cuadra a este clown, nada en el es lo que parece: su enfermero no solo no “sana” a nadie, sino que, mas bien, desata la masacre. Con "Lo que vendrá", García comienza a concretar su sueño de colarse en el evanescente mundo del cine. Ya es mas que el musico. Es el icono, una imagen que tiene vida propia sobre la pantalla. Nunca mejor dicho: quien toca a este hombre, toca a una película.
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| Charly García. Ph: Cristina Fraire |
SECUENCIA UNO: La iniciación
Helo ahí, a nuestro héroe, un niño de exterior frágil, pecoso, larguirucho, cuya vida familiar se asemeja “a una de esas películas de Mirtha Legrand: casa enorme, mucamas, escaleras que suben y bajan, el piano en el corazón del living”.
El niño, un atado de virginidades al pie del cadalso, es arrastrado al cinematógrafo. Repara en todo, y todo es un placer: la golosina previa, el ubicarse cerca de la pantalla, el noticiero, la butaca fresca, el instante supremo en que las luces se van y el film desnuda los colores.
Pero la película, que se supone debe ser para él, para el héroe, una fuente inconmensurable de delicias, se llama Lilí, y muestra cómo Leslie Caron se enamora de unas marionetas o del titiritero cojo que las anima: no se sabe bien.
El daño está hecho. Por su comportamiento, el niño recibe el premio de una manzana bañada en caramelo.
El premio, en verdad, es otro.
El niño sufre miles de pesadillas, pobladas de marionetas rengas y titiriteros con sonrisa de madera.
El tema principal de Lilí es, casi, lo primero que aprende a tocar en la guitarra.
El cine lo ha herido. Definitivamente. Nunca, nada, nadie volverá a ser igual.
SECUENCIA DOS: La saga familiar
Quizás por eso, cuando menciona que su padre lo perdió todo, el dinero, la casa, el status, la referencia inexorable sea una. Visconti. Esos frescos cinematográficos sobre la decadencia de “grandes” familias.
Se peregrina, pues, a una casa más modesta.
Lo cual no obsta para que “la familia finalmente se desintegre”.
Esos son los términos que emplea García. No mi familia, sino la familia. Recurre a la palabra desintegración, a una frase hecha. El lenguaje como mediatización, un cojín que pone distancia entre la conciencia y el elemento —aún hoy— doloroso.
La señora de García, a quien se intuye monumental, homérica, una suerte de María Callas, impulsa al artista que cree ver en su hijo, que es, también, como se habrá podido advertir, nuestro héroe.
“Es un genio. Mi hijo es un genio”, dice por allí, ante quien quiera oírla.
Productora de televisión, amarrada a programas de tango y folklore, la señora de García recibe en su hogar a Mercedes Sosa, a Juan Falú, a docenas de músicos con sus instrumentos sobre el hombro, como cruces, siempre proclives a las zapadas.
Es Falú, precisamente, quien descubre que el niño García tiene oído absoluto. Lo hace poner de espaldas y toca una nota en el piano: Carlitos, que así se llama el primogénito de los García, la reconoce, como si ese fa hubiera cometido un crimen a menos de un metro de su cara.
“Es un genio. Mi hijo es un genio”, dice ella. No iba a dejar pasar la oportunidad.
Esta versión levemente degenerada de un film de Lolita Torres se convierte, con el correr de los años, en Búsqueda insaciable. García asimila su vida de entonces a esa película, en que la niña se fuga de casa y los padres se unen con otros padres de hijos drogadictos y les explican qué es un joint y terminan todos fumados jugando al strip poker semidesnudos diciendo boludeces arriba de una mesa con paño verde justo cuando la niña regresa a casa.
Después, todo se encarrila como en Hannah y sus hermanas. Que debería retitularse, como nuestro héroe se molesta en apuntar, Charly y sus hermanos.
Mientras hablamos, la TV está encendida. Una hora de dibujitos animados de la Warner Bros.
Es cierto. Es cierto. Es cierto. He visto un lindo gatito.
Fuma Marlboro, tiene un rostro moteado por las pecas y el bigote en blanco y negro.
SECUANCIA TRES: El gag
Se le pregunta a qué película se pareció su matrimonio con María Rosa Yorio.
Lo piensa.
Responde que se pareció a Robó, huyó y lo pescaron.
Se pasa a otra pregunta.
SECUENCIA CUATRO: El hijo
Miguel García, único vástago de nuestro héroe, asiste a la fecha final de presentación de Parte de la religión, en el Gran Rex. Fila dos, al medio. Permanece de pie sobre su asiento, tieso como una estaca, mirando a García, a Charly, sin siquiera pestañear. Es la mirada del teniente Willard (Martin Sheen) para con el coronel Kurtz (Marlon Brando), en Apocalypse Now.
“Sí, me di cuenta. A veces lo observaba, pero no podía sostener la vista durante mucho tiempo: era muy fuerte”, confiesa nuestro héroe.
Dice, además, que Miguelito es un salvaje.
Que se entienden.
Que a menudo lo defiende de los caza-autógrafos, increpándolos: “¿Qué les pasa?”, dice el crío, “¿Nunca vieron a una estrella?”.
Que en el colegio no saben que Miguel es hijo de Charly García.
Willard tampoco sabía que era hijo de Kurtz.
| Ph: Cristina Fraire |
SECUENCIA CINCO: La casa del placer
Desde aquella experiencia inicial con Lilí, nuestro héroe ha conservado e incrementado su fascinación por el cine.
Que trasciende, sí, a la película en sí misma. El ritual: eso es lo que importa.
A García le gusta llegar temprano, acomodarse a piacere cerca de la pantalla, contener la respiración cuando la sala queda a oscuras. Ya no puede hacerlo seguido aquí, pero sí en Brasil, donde se agencia además un ineludible paquete de popcorn, o pochoclo.
“Me da placer”, alega.
Lo trabaja la magnificencia del cine. Esa sensación bigger than life, de que uno es testigo de algo más grande que la vida misma. Se recuerda viendo, adolescente, 2001: Odisea del Espacio, “en cinerama y con ocho bandas de sonido estereofónico”. Dice que cuando mezcla sus discos trata de hacerlo en “un plano medio estirado, como si fuera en cinemascope”.
En algún momento, de muchacho, en esa franja de la juventud en que la superabundancia de espermatozoides lo lleva a uno a tomarse todo en serio, García frecuentó el cine Arte, la Cinemateca y cuanto antro exhibiera films de qualité: Bergman, Fellini, Buñuel. Vio Rey por inconveniencia más de veinte veces. Encaraba el trabajo, incluso, de rever las películas prestando atención a otras zonas de la pantalla, los laterales, los planos medios y lejanos, el background, la manipulación del color.
Sobre ese colchón de cultura cinematográfica descansan los puntos de contacto más obvio del García-creador con el Séptimo Arte (¿Sello?): temas como Tribulaciones, lamento y ocaso de un tonto rey imaginario, o no, la perspectiva toda de Instituciones, álbumes como Películas, canciones serugiranescas al estilo de Perro andaluz y Cinéma verité.
Se me hace, sin embargo, que no es en esa aproximación consciente donde yacen los lazos más profundos entre nuestro héroe y el cine.
Un subtexto Hollywood, más bien. Le gusta la magnificencia del cine: ¿dónde, sino en Hollywood?
García nunca quiso convertirse en el Buñuel del rock and roll.
Dirán que tampoco quiso convertirse en Frank Sinatra. Es cierto. Esa Hollywood ambulante que es García, que es su música, que es su personaje, no es la Hollywood de la inocencia, sino una levemente pasada de rosca: donde todo es un poquitín demasiado intenso, hasta los colores, que, como con la fruta, brillan más cuando su corazón ha comenzado a pudrirse.
García es Hollywood luego de la fermentación.
Todas las madrugadas, cuando los que estaban ya se han ido, o permanecen desmayados por los efluvios de su propia borrachera, y la música suena horrible, y los riñones entran en coma, Marilyn siente la tentación de tomar, otra vez, demasiadas pastillas.
Fin de la primera parte.
Intermedio.
Fin del intermedio.
Segunda parte.
SECUENCIA SEIS: Los modelos
Nuestro héroe quería ser como el Capitán Nemo, a quien había conocido en el cine. O como el personaje interpretado por Vincent Price en un film basado sobre una historia de Julio Verne, cuyo nombre el pasado retiene y no deja escapar, que armaba un enorme globo y desde allí bombardeaba todos los barcos de guerra que hallaba a su paso, un método asaz violento de dar fin a los arrestos belicistas del mundo.
O El Fantasma de la Ópera.
“Me hacía máscaras, con cera, con plastilina. Me ponía una capa, tomaba dos velas y me sentaba al piano. Me acuerdo...”
O El Fantasma de Canterville.
“No sé por qué no han hecho una película con esa historia. Es fantástica.”
Todos esos personajes, Nemo, el de Vincent Price, los Fantasmas, viven apartados del mundo. Se sienten distantes. Distintos. Visten disfraces, ortodoxos o no: la mascarada que adoptan es precisamente la imagen de lo que querrían ser.
“Me encantan los disfraces. A veces jugaba solo, agenciándome ropajes ajenos. Otras inventaba obras de teatro con mis amigos. Teníamos una casa-quinta en Paso del Rey, donde había un pinar que formaba una especie de túnel, y ése era el escenario. Pero nunca me copaba el papel del héroe. Siempre abrazaba los papeles retorcidos, Fantasmas de la Ópera, Fantasmas de Canterville.”
Si Frank Sinatra sufriera un accidente y su carne fuera pasto de las llamas, se convertiría en el Fantasma del Madison Square Garden. Eso sí: jamás volvería a cantar Te llevo bajo mi piel.
SECUENCIA SIETE: El único divo del rock nacional
“¿Quién, yo?”.
Sí, vos.
“Eso se lo debo a Renata Schussheim.”
SECUENCIA OCHO: El único divo del rock nacional (Conclusión)
García tiene una madre que lo trata de genio y un hijo que lo reivindica como estrella. Ha paseado en Cadillac rosa (eso se lo debe a Renata Schussheim). Se ha pintado la cara. Ha jugado al misterioso. Exuda un tufillo hey-New-York-soy-uno-de-los-tuyos. Durante mucho tiempo, ha sido el centro de una claque que lo seguía a todas partes, celebrando descomunalmente sus bromas, sus silencios y hasta sus desplantes.
Si García se tira un pedo, piensan los cortesanos, hay que recogerlo en un frasquito. Es como envasar al Espíritu Santo.
Nuestro héroe mira al cronista con aire huraño: no sabe adónde quiere llegar.
Finalmente, concede que “en una época era un poco así, pero también hice una especie de limpieza, porque no es bueno eso, no es bueno eso, o sea”.
Deslinda una etapa “farandulera” de otra de ermitaño, que, según dice, tuvo hace algún tiempo.
“En la época de los quilombos de Mendoza, de Córdoba, sentí un poco esa presión. Había gente que pensaba que ir de gira con García era como ir a Disneylandia: todo el mundo re-zarpado, borracho, con minas. El único que no se divertía era yo. Estoy un poco cansado de eso, sabés.”
Pero si García es el solo divo del rock nacional no se debe, exclusivamente, a que sus giras sean La Loca Caravana del R&R, o a que la gente recoja sus pestañas para levantar sobre ellas, a su muerte, un Altar de la Patria.
Hay, en el origen de esa condición, un acto de voluntad por parte de García. Dicho en castellano: a nuestro héroe le encanta ser un divo.
Por otra parte, sabe que Charly García, y no Carlos Alberto García Moreno, es una máscara. Un personaje de ficción. Un disfraz, al que se halla habituado.
“Creo que tengo la capacidad de desdoblarme. Provoco primero un escándalo, y luego me muestro de modo totalmente diferente. Desconcierto. Me gusta, eso: desconcertar.”
Aunque la gente no le grite divo por la calle.
“Idolo, me dicen. La única que me llama divo es Divina Gloria.”
SECUENCIA NUEVE: Los miedos
Dice temer a los teléfonos. A las arañas.
Dice compartir la pesadilla de todos los artistas: bloquearse, y que ya no le salga nada nuevo. Como le pasó antes de Clics modernos. Como le pasó antes de Parte de la religión.
“Son períodos de aridez, de desierto, y de repente pinta algo y todo sale de un tirón.”
PREGUNTA: ¿Miedo a vender 20 discos?
RESPUESTA: Si el disco es bueno, no importa. Me encantaría hacer un álbum del que se vendan 20 ejemplares pero que sea una revolución. Fantaseo con la posibilidad de hacer algo totalmente anti-comercial.
RESPUESTA (DEL CRONISTA): Pero nunca te decidís.
PREGUNTA (DEL ENTREVISTADO): ¿Eh?
RESPUESTA (DEL CRONISTA): Que nunca te decidís.
RESPUESTA: Hay circunstancias, como la de la banda de sonido de Lo que vendrá, que me permiten experimentar un poco. Pero si querés tener una banda, hay que hacer música... De todos modos, toco lo que a mí me gusta, no es que estudie Stravinsky todo el día y después componga canciones pop-rock. Me gustaría hacer un disco como La la la, en alguna grabadora independiente. Por ahí sale algo con Fito.
PREGUNTA: ¿Miedo al pasar de los años, García, a que te traten de viejo choto?
RESPUESTA: Hasta ahora nadie me lo dijo. O me lo dicen mis enemigos.
RESPUESTA (DEL CRONISTA): Tenés cara de respuesta afirmativa.
PREGUNTA (DEL ENTREVISTADO): ¿Eh?
RESPUESTA (DEL CRONISTA): Que tenés cara de un sí enorme. De temer a la vejez.
RESPUESTA (DEL ENTREVISTADO): Algunos me acusan de viejo. Es un recurso fascista. Si uno tirara la chancleta, reuniera a Sui Generis y se dedicara a vivir de los recuerdos, todavía. Pero está la salida de Mick Jagger, que a los 46 años irrumpe en el escenario y revienta todo, sensual, espléndido. Si no optás por ésa, la única que te queda es la historia argentina de siempre: a los 25 te ponés la corbatita, manejás el taxi y se acabó todo.
PREGUNTA: ¿Miedo a tirar a tu mujer por el balcón?
RESPUESTA: No, jamás. No. No. Cuando me agarra algún tipo de crisis rompo cosas, una TV, lo que sea, pero jamás golpeo a alguien, y menos a una mujer, me parece de última, me parece de última. Llegar a esos estados es tremendo, es tremendo.
PREGUNTA: ¿Miedo a que se descontrole totalmente tu descontrol controlado?
RESPUESTA: No, cada vez que me pasa aprendo algo. Cuando explotaron esos escándalos, perdí la perspectiva de que lo que más me importa es la música, y, consecuentemente, la gente perdió perspectiva respecto de mí. Entonces ya no es lindo ser popular. Lo de Veira, Monzón, son cosas terribles. Por suerte no me pasaron a mí.
PREGUNTA: ¿Miedo a convertirte en un gordo patético, a caerte como La Rosa arriba del escenario?
RESPUESTA: Eso no está tan mal. Lo que pasa es que implica morirse, y ésa es una idea que todavía no se me ha cruzado por la cabeza.
Bugs Bunny mordisquea una zanahoria, mira a García, escéptico, por sobre mi hombro, y dice:
“Eeeh... ¿Qué hay de nuevo, viejo?”.
SECUENCIA DIEZ: El soliloquio
“Lo que pasa es que cuando tenés esos miedos es preciso convertirlos en otra cosa, tenés que buscar, no sé, cambiar. Es jorobado cambiar. Pero digamos, qué se yo, estoy haciendo todo el esfuerzo posible como para no ser eso, no ser La Rosa, no ser un gordo patético que se derrumba sobre el escenario. Aunque es una tentación muy fuerte. Muy real. Cuando tuviste 20 años y todo te iba bien y la vida era maravillosa, y de repente pasás los 30, ¿no?, y te fumás un joint y ya no salen rosas multicolores, hay una especie de desencantamiento. Eso te lleva a la vida dura. Yo pasé por ésa: no es mi proyecto. Ahora pretendo cierto orden en mi vida, como para buscar otra vez ese deslumbramiento. Es esa salida, o quemarse, directamente. No hay nada entre esos dos extremos. La decadencia más-o-menos no me sirve.”
Esta escena fue eliminada del montaje definitivo del film. El director adujo que “explicaba demasiado”, y que a García “sólo podía explicárselo en acción”. El corte, un par de metros de celuloide, yace en una urna de hojalata, junto a otros sobrantes.
SECUENCIA ONCE: Los proyectos
Alguna vez, en triunvirato constituido con Luis Alberto Spinetta y Fito Páez, nuestro héroe soñó con rodar una película “sobre unos rockeritos que vienen de Mercedes a la Capital, lo que nos permitiría mostrar toda la parte densa del asunto, hasta ahora intocada por el cine argentino, que cada vez que hace películas de rock es sumamente...”
Teléfono. Detalles a ultimar sobre un festival en Uruguay, del que García & Banda forman parte.
Adivine, pues, cuál fue el adjetivo que García dejó colgando.
Tres opciones: A) Blando; B) Pelotudo; C) Forro.
Envíe su respuesta a CAIN, y gánese un encuentro íntimo con García (por teléfono).
Se le pregunta a qué alude cuando dice “parte densa del rock”.
Las persecuciones, dice. La incomprensión. Los delirios de cada uno. Las drogas. Los quilombos con los productores. Los firestones. La época de La Pesada.
García aporta algunas perlas de su anecdotario:
Cierta vez, en los comienzos de Sui Generis, dio una prueba en una grabadora, ante un ejecutivo entusiasta. Se habla de contrato. Recibe felicitaciones por parte de todo el personal. Al otro día, cuando García & Mestre retornan a ultimar detalles, mencionan en la puerta el nombre del ejecutivo y les dicen que no, que imposible, que debe haber un error, porque en la grabadora no hay nadie con ese apellido.
Otro iluminado les ofreció un trato con un sello rarísimo, para grabar Teo, la ópera de Sui Generis. El contrato a firmar garantizaba la salida del álbum en Japón y Australia, pero no en la Argentina.
Entre las cláusulas de un contrato Equis, figuraba, como obligación para los Sui, la de mantener limpias las oficinas de la grabadora.
SECUENCIA DOCE: Peperina
Iba a ser una película, ese álbum. Peperina, de Serú Girán. García escribió un guión junto a Alejandra Mentasti, “cuadrito por cuadrito, 100.000 páginas, todos los temas”. Lo llevaron a varias distribuidoras. Fracaso. Les decían: “¿Por qué no llamás a León Gieco, y hacen una especie de Woodstock?”.
Una herida. Después de eso, nuestro héroe no quiso aproximarse más a la industria cinematográfica local.
De aquel guión, debe obrar una copia en manos de la Mentasti.
Anotar: los arqueólogos del rock, de parabienes.
SECUENCIA TRECE: Los proyectos (Conclusión)
Bueno, sí, claro, la idea de dirigir un film ha anidado largo tiempo en su mollera. A la luz de su experiencia con Peperina, empero, cree saber que lo fundamental, en este país, es formar una empresa y obtener el dinero para financiar el film: un objetivo virtualmente inconquistable, al lado del cual, escribir el guión y dirigirlo es cosa sencilla.
Dice aguardar ideas geniales al respecto.
Mientras tanto, le basta con armar mini-films sonoros como Adela en el carrousell, que, explica, “surgió como un sueño”.
Garabateo en mi anotador: “Libre asociación cine-sueño”.
Enciendo una pipa.
| Como Los Tres Chiflados, pero bien de acá: Soto, Mosquera & García. Ph: Cristina Fraire |
SECUENCIA CATORCE: Le dernier cri
Le ha fascinado, en los últimos tiempos, el film Down by Law, del norteamericano Jim Jarmusch.
El charme del blanco y negro.
Tres marginales, interpretados por Tom Waits, Roberto Benigni y John Lurie, el saxofonista de los Lounge Lizards, traban contacto en el estrecho marco de una celda común. Se aman/odian. Escapan juntos, a través de los pantanos.
Como Moe, Larry y Curly, pero luego de haber inhumado a la inocencia.
Se le dice que difícilmente se estrene en la Argentina.
Responde que no le extraña.
SECUENCIA QUINCE: Como vino Lo que vendrá
Dio miles de vueltas antes de aceptar la propuesta de Gustavo Mosquera, para sumarse como uno de los protagonistas de Lo que vendrá, una película, entre thriller y ciencia ficción, que lo coloca en el ojo del huracán.
Allí, en el eterno presente del film, nuestro héroe es El Enfermero.
Nadie sino él recibe el cuerpo comatoso de Hugo Soto, herido por una bala perdida en la cabeza, al comienzo del film: casi un vegetal.
El rol del Enfermero es acercar la pala de mierda al ventilador.
Es un entrometido. Se place en desatar el drama, gratuitamente.
Porque sí.
“Dudaba de mi capacidad de actuar. Odio, además, a las modelos que la van de artistas. Dije que sí: me pudieron. La primera parte de la filmación fue un horror. Pensaba que todos trataban de hacerme la vida imposible. Pero entonces me di cuenta de que no, que no era una cosa personal, que se trataba del garrón y la tensión propia de cada rodaje. A partir de entonces me enganché: comencé a hacerlo con placer.”
SECUENCIA DIECISEIS: La cámara en el lugar equivocado
Nuestro héroe llega a la toma final de Lo que vendrá en un estado semicatatónico. Sin comer. Bebido. La emprende, entonces, contra alguien del equipo de producción a quien “no se banca”.
Ese tipo mira a García. García le devuelve la mirada.
Nuestro héroe iza el dedo índice, y grita, como para que nadie pueda dejar de oírlo: “Vos sos un hijo de puta”.
Obtiene una risa histérica como única respuesta.
García empuña una botella de whisky y la hace añicos.
“Tendrían que haberme filmado en ese momento. Hubiera sido fuertísimo”, dice.
De tanto en tanto, nuestro héroe cree advertir una cámara invisible registrando sus actos, para luego componer con ellos una vasta película, del tamaño de su vida.
Hay veces, sin embargo, en que llega a la conclusión de que la cámara no existe.
Qué pérdida para la humanidad, piensa entonces.
ECUENCIA DIECISIETE: La cámara en el lugar correcto
Buenos Aires. La Ciudad. Ese es el lugar.
Lo que vendrá atina a representar el futuro, a insinuar el pasado, sin decorado alguno. Le basta con escoger codos de Buenos Aires, desolados, terminales, piedra sobre piedra.
“New York es mucho más real que esto”, dice García.
Tiene razón. Buenos Aires no es real.
Aquí se podría filmar Danton. Stalker. Cantando bajo la lluvia. Los diez mandamientos. Mi bella dama. Y todo sin necesidad de estudios, en escenarios perfectamente (anti)naturales. Buscad en mis calles, predica Buenos Aires, y se os dará.
Buenos Aires es el Lugar Cinematográfico por excelencia.
Por eso vuelve, García. De Río. De New York. Siempre.
SECUENCIA DIECIOCHO: Onírica
De niño, nuestro héroe soñaba con brujas, titiriteros rengos, freaks.
Durante algunos años alimentó esta pesadilla recurrente: la luna se desplomaba sobre el mar, y el agua lo lavaba todo.
“En otra época soñaba que vivía en Israel, en una casita linda que daba al sol. Todo el mundo sufría la lepra. Yo era el único que no estaba contaminado. Una mañana abro la ventana, y veo a dos viejas leprosas, del otro lado de la calle, observándome. Descubren entonces que estoy sano. La última imagen del sueño concierne a las viejas, cruzando la calle para llegarse hasta mi casa.”
García, tumbado sobre su cama, manotea un Marlboro. En la TV, Pepe Le Pew persigue arrobado a la gata negra, convencido de que es una zorrilla.
Dice, nuestro héroe, que esta entrevista se parece demasiado a una sesión de análisis. Que cree haberme visto en otra parte.
Respondo que el psicoanálisis se basa en entrevistas periodísticas con el inconsciente. Que por supuesto me ha visto en otra parte: soy el holograma de Montgomery Clift, tal como lucía interpretando al viejo Sigmund en Freud, dirigido por John Huston.
Se ríe. Le parece gracioso estar siendo interpelado por tres muertos.
Digo que quienes logran hacerse un lugar en la pantalla cinematográfica no mueren jamás: el proyector sigue reciclando sus imágenes, por los siglos de los siglos.
Sigmund, John y yo le damos la bienvenida al territorio de los Inmortales.
Juntos, los cuatro, jugamos una partida de strip poker.
SECUENCIA DIECINUEVE: Final abierto
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| Hugo Soto. Ph: Cristina Fraire |
¿Actor, yo?
Apenas empieza "Lo que vendrá", la pelicula de Gustavo Mosquera que protagoniza junto a Charly García y Juan Leyrado, le pegan un tiro en la cabeza. pero resiste, el muchacho: resiste.
Uf. Qué suerte. Hugo Soto, puedo asegurarlo, no es Rantés.
No es su personaje de Hombre mirando al sudeste, ceñudo, convencido de estar sirviendo a una causa trascendente.
No es ese marcianito cristiforme, pagado de sí mismo, que busca la redención a través de su propia Pasión y Muerte.
Niet, niet. Más bien, Hugo Soto es un pícaro de comedia shakespeareana, un saltimbanqui encantador, pequeñito, de carnes magras y sonrisa fácil, todo lo cínico que un romántico puede aspirar a ser para afirmar que “No trabajé nunca. En serio. Creo que nunca trabajé, así, en el sentido más convencional del término. Aún hoy sigo sin trabajar”.
Dice que, de querubín, alcanzó a vivir la última etapa floreciente de Plaza Francia, donde vendía artesanías y objetos inútiles. Que luego, hasta hoy, pintó. Que construyó máquinas simples, de mecanismos aptos para procesar... nada. Que diseñó escenografías, la más reciente a punto de estrenarse en el Teatro Cervantes.
Pero escuchame, Hugo, en fin, tu calibre como actor...
¿Actor? ¿Actor?
“Siempre estuve en rebeldía contra eso de ser actor. Claro que me tragué todo el estudio, leía Stanislavsky al revés y al derecho, pasaba horas en el viejo cine Lorraine, interpretaba La Hoja Al Viento, cursaba Capa Uno y Dos en el Teatro San Martín, memorizaba los clásicos. Pero había algo, en eso de la 'profesionalidad' del actor, que no me convencía.”
Por eso Hugo Soto, 35, porteño de Villa Crespo, ¿actor?, desvencijado sobre el sofá de su desnudo apartamento de la calle Juncal, como quien evidencia un nada desdeñable kilometraje psicoanalítico en su haber, dice que, ay: “Siempre me gustó hacer lo contrario a lo que hacían mis colegas. Jamás me rompí buscando trabajo en los canales de TV. Jamás celebré porque me llamaran del Once para hacer de comparsa en una telenovela. Odio la TV: no se puede crear nada cuando hay apenas tres puntos de vista”.
El señor Hugo Soto se refiere a los puntos de tres colores sobre los que está compuesta la imagen televisiva. O al menos eso creo.
“Es una rebeldía que recién puedo explotar a fondo ahora. Antes no, en buena medida tenía que tragármela. Me enfermaba, caía en cama. Claro, entonces no era un soto.”
Ahora sí. Ahora es un Soto.
Acto seguido, el tramo polémico de esta interview.
“Los actores argentinos son todos una basura”, confesó Hugo Soto, el popular intérprete de Hombre mirando al sudeste, al mensuario Cain. Lo que también puede ser reproducido de esta manera:
“LOS ACTORES ARGENTINOS SON TODOS UNA BASURA. Se la creen. Yo no me lo permito. Sé que soy un tarado, que lo que hago vale no por sí mismo, sino en tanto está asociado a docenas de personas que también se rompen el alma por el proyecto común, y que hago apenas lo que puedo. Si mi hipocresía es menor, se debe a que tengo conciencia de ello”.
Hugo Soto dice estar, ya, corrompido. Que se fija en sus compañeros de elenco. Que se fija en qué hotel va a hospedarse. Que se fija en su cachet —oiga, a quién no le gusta el dinero—.
“Los actores realmente jóvenes van a Cemento y pelan como pueden, como viene. Yo ya no soy joven. Prefiero no ser un joven viejo.”
Los personajes a los que Hugo Soto suele prestar su máscara —Rantés, o el inocente baleado de Lo que vendrá, el film de Gustavo Mosquera— se basan menos en su discurso que en una cuestión física, postural, de repertorio gestual mínimo.
“Debe tener algo que ver con mi manía por la plástica. Con la sensualidad depositada en la cámara, a la que no hay que mirar pero sí seducir. Por otra parte, creo que es imposible componer un personaje, realmente. Lo que vale es el intento del actor por llegar a ser otro, un otro en el que, de veras, jamás va a convertirse. Yo agregaría que ese intento es ridículo, como un circo, donde se humaniza a las fieras y los hombres se piensan a sí mismos como dioses.”
Está empezando a sonar como un hombre serio, Hugo Soto. Como un pensador de la cultura. Pero no.
“La gente me pregunta cómo armaba a Rantés. Qué se yo. Entre Viaje a las estrellas y Stalker: la zona. Llegaba temprano al Borda y me ponía a mirar al sudeste. Los técnicos me gastaban, yo los jodía a ellos. Conozco a varios directores teatrales que hubieran dicho: 'Hay que pensar que Rantés es bueno, que es una figura mesiánica', y cantidad de pavadas por el estilo. No creo que la cosa pase por ahí, por el cerebro, por autoconvencerte, por comprender al personaje. Yo pensaba que todos eran unos boludos. Llegaba Lorenzo (Quinteros, el otro protagonista del film) y ni lo saludaba: eso creaba cierta distancia, cierta química que la cámara podía leer positivamente.”
Fuma rubios. No tiene cama: apenas un colchón sobre el piso. Aguarda el inicio de Astros y estrellas, por Canal Dos, donde Lucho Avilés va a vertir veneno sobre el proyecto Cabaret, la comedia musical en la que Soto ensaya como uno de los protagonistas. Luego vendrá el estreno de Lo que vendrá, la nueva película de Eliseo Subiela, quizás un film junto a Taco Larreta (“Sería un escritor, de anteojos, que no hace ni dice nada. Mataría”).
Hugo Soto descree de eso de que para la cultura hay que sufrir. Dice saber que la suya es una postura adolescente, pensando en los tipos que laburan todos los días para comer, pero que no puede con ella: “Fue lo único que años de análisis no pudieron eliminar”.
“Hay cosas más importantes que el cine y el teatro, que flexionar las rodillas hasta hacerlas sangrar en un cuartucho estilo Payró, cuando afuera hay sol y el día es maravilloso.”
Tiene razón.
¿Qué mierda estoy haciendo acá?
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| Gustavo Mosquera. Ph: Cristina Fraire |
Es el director del film "Lo que vendrá", con Hugo Soto como hombre mirando a la nada y Charly García como la encarnación rockera de Chaplin. Más aún: es talentoso. Peor, incluso: es jóven. Habrase visto tamaña insolencia, tamaña desvergüenza...
De acuerdo a la enciclopedia World Cinema Complete, Boston Press, Massachusetts, 1982, tomo III, página 1.126, director cinematográfico argentino es aquel que “no ha visto película más moderna que Gilda, cincuentón, semicalvo, entrado en carnes, y que alterna el rodaje de lacrimosos testimoniales y presuntas picarescas con el mismo desapego por el hecho fílmico”.
Dice, además, que los directores cinematográficos argentinos son “feos”.
Que tienen mal aliento. Que ante la mera mención de la palabra estética reculan de este modo: “¿Cirugía? ¿Qué tiene que ver la cirugía con el cine?”.
Da la impresión, no sé, digo, que la World Cinema Complete está quedando atrasadita. Anacrónica. No sé. Digo.
Existen, hoy, directores cinematográficos argentinos que están lejos de la cincuententena de edad. Y esto suscripto, ante todo, en el terreno metafórico.
Cristián Pauls, que acaba de estrenar su primer film, Sinfín.
El wendersiano Alejandro Agresti, que liberará El amor es una mujer gorda en abril.
Gustavo Mosquera, o Mosquera R., como gusta en llamarse cuando quiere parecer entre serio y kafkiano, cuya Lo que vendrá estará en los cines de la Capital el 31 de marzo.
Y un profuso etcétera, con nombres que aún hacen banco o están en distintas etapas de producción de sus óperas primas.
Pauls, Agresti, Mosquera, son, a su manera, bellos. Lo cual, ya de por sí, es una burla del destino para con sus predecesores.
Pero, en fin, o sinfín, eso no es lo único que los separa de aquellos directores cinematográficos argentinos de los que habla la enciclopedia.
“Queremos contar otras cosas”, dice Mosquera, 28, blondo, de barba y consciente fotogenia. “Queremos escaparle a la tragedia”, especifica. “Para eso están las telenovelas, que sirven de catalizador. Las tragedias me hinchan las pelotas. Soy un escéptico: llevo una coraza ante cosas como ésa. Prefiero la imaginación frondosa a la recreación histórica.”
Pero no sólo es el qué, el qué contar, en este caso, lo que tiende un abismo entre los Carreras de este mundo y la generación de Mosquera (¿R?).
“Lo importante es el cómo, cómo narrar, qué formato escoger para envolver la historia”, dice.
Y aunque no lo aclare, quedan, en el camino, algunos registros a los que no se piensa acudir. El naturalismo. Cierto realismo. El melodrama. La épica. El testimonial. Variaciones sobre el más maricón de los tangos, fatalista, buscando en el pasado algún episodio, por nimio, que dé una falsa idea de triunfo mientras se escapa, en el presente, la posibilidad de modificarlo todo.
Elocuente. Para Lo que vendrá, Mosquera articuló una historia que tiene lugar en un futuro de contornos inciertos: el 2.010, o mañana, basándose en algunos datos del pasado inmediato. “Soñé con Dalmiro Flores, aquel tipo a quien se baleó en una manifestación durante el tramo final de la dictadura, sin que su asesinato fuera aclarado jamás. Los familiares de Flores aún lloran. La gente del SIDE duerme tranquila. Soñé que hechos como ése se repetían, con frecuencia cada vez mayor, hasta hacerse cotidianos, y que la gente perdía capacidad de asombro ante ellos.”
En la apertura del film, Hugo Soto ataja una bala perdida con su cabeza. No forma parte de ninguna manifestación. Camina, simplemente. Mira a unos niños. Es crimen suficiente.
Allí irrumpe el personaje de Charly García, un enfermero “chaplinesco, atolondrado, que se mete en el quilombo de puro aburrido, por joder, y no por hacer justicia. Se sabe que en ese mundo no puede haber justicia”.
Pudo haber hecho una biografía de Dalmiro Flores, este muchacho Mosquera. Pero no. Lo proyectó al futuro, extrapoló, exageró las tensiones de este país presente, la violencia como código, el cine, el thriller, la comedia de enredos, el rock and roll: el envoltorio de su historia.
Comenzó, Mosquera, con una cámara Súper 8 que un tío le cedió “porque tenía demasiados botoncitos como para manejarla bien”. Ingeniería era su destino manifiesto, de acuerdo a papá Mosquera, pero Gustavo (¿R?) se anotó igual en la escuela del Instituto de Cinematografía para perfeccionar su hobby. Al año prescindió de los catetos y de las derivadas, en secreto, y se inscribió en Psicología “porque quería saber”.
Su tesis como egresado de la escuela del Instituto, Arden los juegos, tardó más de dos años en completarse. “Filmé durante la dictadura. Alarmados por esas imágenes, no me dieron guita para hacer el sonido. Tuve que esperar el cambio de gobierno, mientras trabajaba, una y mil veces, en la edición. Cuidada, lo que se dice cuidada, está...”
Recuerda la fascinación inicial por 2001, La conversación, el Herzog de Aguirre o la ira de Dios. Cómo, en la escuela, aprendió a amar a Leonardo Favio y a algunas otras cosas del cine nacional, Mario Soffici, por ejemplo, “porque uno entra lleno de ínfulas y descubre que, en verdad, no puede hacer bien ni siquiera el plano de un vaso. Entonces lo revaloriza todo”.
Así, el amor irredento por films como Blade Runner (Lo que vendrá tiene algunos guiños hacia esa obra de Ridley Scott: la gente abandona Buenos Aires, sin explicación, como allí abandonaba la Tierra por instalarse en las colonias del espacio) queda acotado, y crecen cineastas como Tarkovskí. “El Tarkovski de Stalker: la zona está muy cerca nuestro. Es ciencia ficción que no precisa de naves espaciales, sino que le basta con charcos de agua, tuberías, un viejo aparato de radio”, se enfervoriza Mosquera.
Hay repetidas palabras de reconocimiento para con Manuel Antín, director del Instituto de Cinematografía, cuyos créditos han permitido el lanzamiento de Pauls, Dinenson, el mismo Mosquera. Hay, también, incertidumbre sobre el destino comercial de los films. Para que lleguen a su público puntual, habría que alterar el estado de las cosas en el circuito de distribución y exhibición, incluso “sovietizarlo”, arriesga (¿R?) Gustavo.
Más allá de esos azares, sabe que su generación va a diferenciarse de las que la preceden. “Si nuestras películas no gustan a los que siguen a Fernando Ayala, es un buen signo. Ese es el cine que se extingue.”
De acuerdo a lo cual, Lo que vendrá, Sinfín y las demás son algo así como un certificado de defunción.
Se sabe que en este mundo no puede haber justicia. Pero a veces...
Por Marcelo Figueras, Sebastián Lima y Carlos Pizurno.
Fuente: Revista Caín (Archivo Histórico de Revistas Argentinas) - Publicada en Marzo 1988



















