domingo, marzo 31, 2013

Apuntes arbitrarios sobre Clics Modernos



Una de las postales más sofisticadas de la democracia circa 1983 muestra a Charly García fuera de foco, sentado en el piso de una calle neoyorquina. La simbología es tan poderosa que resulta difícil explicar por qué funciona a tantos niveles. En la pared se lee el nombre de una banda new wave de la época (prácticamente desconocida): “Modern Clix”. Hasta allí, García pensaba titular el disco “Nuevos trapos”. El dato semántico, entonces, advierte que ya estaba latente un concepto de diferenciación con lo anterior (se haga referencia tanto a la “música progresiva” como al "proceso”). “Nuevo”, “modernidad”, en un acercamiento superficial, se confunden en su significado. A través de una traducción instantánea, Charly resignifica el graffiti e inventa una expresión de reminiscencias contextuales que puede ser interpretado de diversas formas: Clics Modernos. ¿Qué es exactamente un “clic”? Hay muchas definiciones. En la red se habla, por ejemplo, de onomatopeyas que refieren a ciertos sonidos mecánicos (como los golpes de la máquina de ritmo que se oye en la mayoría de las canciones). De antemano se podría pensar que hay términos más afines como “click” (utilizado como parteaguas que divide dos etapas) o “clip” (en su enlace con el video, en boga a principios de los 80’). Finalmente se puede sobrentender que los “clics modernos” son los nueve temas que conforman el disco, diapositivas musicales que proyectan diferentes cuadros de situación. La dinámica rítmica y el texto cercano a la crónica de “No soy un extraño” son paradigmáticos en este aspecto:

Acabo de llegar,
no soy un extraño
conozco esta ciudad
no es como en los diarios,
desde allá.
Dos tipos en un bar,
se toman las manos.
Prenden un grabador
y bailan un tango,
de verdad.

Varias canciones parecen captar el espíritu de su tiempo (el tan mentado zeitgeist). Desde la ambigüedad idiomática del título (poco tiempo después de que a raíz de la guerra de las Malvinas se prohibiera pasar música en inglés) se proyecta otra perspectiva. Diez años separan la edición del disco de Artaud, la obra maestra de Spinetta, que a través de su tapa deforme generaba la misma incomodidad. Discos que no se dejan asir en la inmediatez y requieren nuevos mecanismos de recepción para el oyente. Por otro lado, increíblemente, la fotografía de tapa devuelve la imagen de un Charly atemporal. Más cercano al performer de la década del 90’ que al hippie setentista. El corte de pelo aquí cumple una función específica. En “Dos cero uno (transas)” ironiza sobre su supuesta falta de principios:

Él se cansó de andar haciendo canciones de protesta
Y se vendió a Fiorucci.
Él se cansó de andar haciendo apuestas
Y se puso a estudiar.
Un día se cortará el pelo
No creo que pueda dejar de fumar

El cabello corto, por ridículo que parezca, es otro factor de desestabilización para los fans: pensemos que un año atrás, en 1982, todavía existía Serú Girán, grupo en el cual el músico cultivaba una estética que derivaba generalmente del hippismo. Completa la fotografía una estampa ominosa, homologada usualmente (incluso por el mismo Charly) a la figura de los desaparecidos. Se trata de una sombra que parece representar a un hombre apoyado contra el muro (se divisan, por lo menos, una cabeza, dos piernas y una mano arqueada). O quizás simplemente fue una mancha amorfa a la que alguien le añadió una cara (sonriente) y un corazón blanco. Fascina pensar que una mano anónima de New York hizo historia en el rock de un país remoto. Si eso no es arte pop, ¿el arte pop dónde está? La impresión que se genera es que de haber sido hecho deliberadamente no habría salido tan bien. El germen de la espontaneidad y el azar sobrevuela el disco. Según ha explicado García, “Los dinosaurios” (tal vez el tema más emblemático, mas no el mejor) no nació directamente como un tema de denuncia a la represión sistemática del gobierno de facto: “Juro que cuando la escribí no pensé en los militares (…) La letra tenía más que ver con el sentimiento de ausencia que se produce en uno cuando pierde algo, desde un amor hasta el cepillo de dientes” (Rolling Stone, marzo 2002). En concreto, es casi imposible separar la canción de la temática del genocidio, pero con un esfuerzo de abstracción se puede llegar a verificar un efecto de polisemia en el que el agente siniestro de la desaparición se traslada del campo público a la vida privada. Lo mismo sucede con la ya mencionada “Nuevos trapos”. En principio el texto parece reflexionar sobre una relación amorosa (motivo constante en la obra de Charly). La primera persona interpela a una probable pareja/amante/ex:

Daría cualquier cosa por amor
daría cualquier cosa por poderte dar un poco más
más de lo que puedo dar.
Pero a la vez quiero decirte que
te encargues de tu vida
porque yo no soy mejor que vos
vos no sos mejor que yo.

Pero luego el discurso se desdobla en lo que puede ser una clara alusión a la dictadura:

Habiendo compartido aquel terror
habiendo convivido en esta desolación total
ya no es necesario más



El hit “Nos siguen pegando abajo” (Pecado mortal) o la descomunal “Plateado sobre plateado (Huellas sobre el mar) son más explícitas en esta cuestión. En su imperdible decálogo para componer canciones (“Para hacer un tema como “Promesas sobre el bidet” hace falta una brasilera divina y un bidet. Y son cosas que no están al alcance de todos”, explica, haciendo referencia al segundo tema de Piano Bar y a Zoca, el que muchos califican como su gran amor y llegó a trabajar de moza en una pizzería en pleno estrellato de su pareja) García echa mano a un aforismo que atribuye a Zappa: “La necesidad es la madre de la invención”. Desde este punto de vista puede entenderse la inclusión de la célebre batería electrónica, aquella que la daría a los temas un aire decididamente futurista (en el sentido que le otorga el fascista Marinetti, como forma de representación de la tecnología, la velocidad y la exaltación de las máquinas): “Yo necesitaba un baterista y me encantaba el de Jan Hammer; lo probé y no me rindió (…) no me quedó otra que poner una batería electrónica TR 808 y grabamos “Nos siguen pegando abajo”, y se armó” (Rolling Stone, abril 2007). Cierra la obra “Ojos de videotape”, una canción hermosa, sustentada en la melodía que García elabora con el piano. La mencionada TR 808 actúa como contrapunto sonoro (de no estar podría haber parecido propia de Serú Girán) y le añade esa sensación de frialdad matemática tan típica de la contemporaneidad. Sumada la densidad de la letra, la combinación es mortal. La capacidad para transmitir sensaciones fácilmente asimiladas por el oyente sin caer en golpes bajos o reduccionismos es una de las virtudes clásicas de García. Desde Sui Generis a Kill Gil. Se trata de un tema perfecto. Tanto para despedir un disco como un amor o un texto de apuntes arbitrarios.

Por Martín Zariello
Fuente: Il Corvino

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